# Clarice Lispector – La gallina

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- Published: 2015-10-16T11:08:49-03:00
- Author: Administrador

Era una gallina de domingo. Todavía vivía porque no pasaba de las nueve de la mañana.
Parecía calma. Desde el sábado se había encogido en un rincón de la cocina. No miraba
a nadie, nadie la miraba a ella. Aun cuando la eligieron, palpando su intimidad 
con indiferencia, no supieron decir si era gorda o flaca. Nunca se adivinaría en
ella un anhelo.
 Por eso fue una sorpresa cuando la vieron abrir las alas de vuelo
corto, hinchar el pecho y, en dos o tres intentos, alcanzar el muro de la terraza.
Todavía vaciló un instante -el tiempo para que la cocinera diera un grito- y en 
breve estaba en la terraza del vecino, de donde, en otro vuelo desordenado, alcanzó
un tejado. Allí quedó como un adorno mal colocado, dudando ora en uno, ora en otro
pie. La familia fue llamada con urgencia y consternada vio el almuerzo junto a una
chimenea. El dueño de la casa, recordando la doble necesidad de hacer esporádicamente
algún deporte y almorzar, vistió radiante un traje de baño y decidió seguir el itinerario
de la gallina: con saltos cautelosos alcanzó el tejado donde ésta, vacilante y trémula,
escogía con premura otro rumbo. La persecución se tornó más intensa. De tejado en
tejado recorrió más de una manzana de la calle. Poca afecta a una lucha más salvaje
por la vida, la gallina debía decidir por sí misma los caminos a tomar, sin ningún
auxilio de su raza. El muchacho, sin embargo, era un cazador adormecido. Y por ínfima
que fuese la presa había sonado para él el grito de conquista. Sola en el mundo,
sin padre ni madre, ella corría, respiraba agitada, muda, concentrada. A veces, 
en la fuga, sobrevolaba ansiosa un mundo de tejados y mientras el chico trepaba 
a otros dificultosamente, ella tenía tiempo de recuperarse por un momento. ¡Y entonces
parecía tan libre! Estúpida, tímida y libre. No victoriosa como sería un gallo en
fuga. ¿Qué es lo que había en sus vísceras para hacer de ella un ser? La gallina
es un ser. Aunque es cierto que no se podría contar con ella para nada. Ni ella 
misma contaba consigo, de la manera en que el gallo cree en su cresta. Su única 
ventaja era que había tantas gallinas, que aunque muriera una surgiría en ese mismo
instante otra tan igual como si fuese ella misma. Finalmente, una de las veces que
se detuvo para gozar su fuga, el muchacho la alcanzó. Entre gritos y plumas fue 
apresada. Y enseguida cargada en triunfo por un ala a través de las tejas, y depositada
en el piso de la cocina con cierta violencia. Todavía atontada, se sacudió un poco,
entre cacareos roncos e indecisos. Fue entonces cuando sucedió. De puros nervios
la gallina puso un huevo. Sorprendida, exhausta. Quizás fue prematuro. Pero después
que naciera a la maternidad parecía una vieja madre acostumbrada a ella. Sentada
sobre el huevo, respiraba mientras abría y cerraba los ojos. Su corazón tan pequeño
en un plato, ahora elevaba y bajaba las plumas, llenando de tibieza aquello que 
nunca podría ser un huevo. Solamente la niña estaba cerca y observaba todo, aterrorizada.
Apenas consiguió desprenderse del acontecimiento, se despegó del suelo y escapó 
a los gritos: -¡Mamá, mamá, no mates a la gallina, puso un huevo!, ¡ella quiere 
nuestro bien! Todos corrieron de nuevo a la cocina y enmudecidos rodearon a la joven
parturienta. Entibiando a su hijo, ella no estaba ni suave ni arisca, ni alegre 
ni triste, no era nada, solamente una gallina. Lo que no sugería ningún sentimiento
especial. El padre, la madre, la hija, hacía ya bastante tiempo que la miraban sin
experimentar ningún sentimiento determinado. Nunca nadie acarició la cabeza de la
gallina. El padre, por fin, decidió con cierta brusquedad: -¡Si mandas matar a esta
gallina, nunca más volveré a comer gallina en mi vida! -¡Y yo tampoco -juró la niña
con ardor. La madre, cansada, se encogió de hombros. Inconsciente de la vida que
le fue entregada, la gallina empezó a vivir con la familia. La niña, de regreso 
del colegio, arrojaba el portafolios lejos sin interrumpir sus carreras hacia la
cocina. El padre todavía recordaba de vez en cuando: ¡”Y pensar que yo la obligué
a correr en ese estado!” La gallina se transformó en la dueña de la casa. Todos,
menos ella, lo sabían. Continuó su existencia entre la cocina y los muros de la 
casa, usando de sus dos capacidades: la apatía y el sobresalto. Pero cuando todos
estaban quietos en la casa y parecían haberla olvidado, se llenaba de un pequeño
valor, restos de la gran fuga, y circulaba por los ladrillos, levantando el cuerpo
por detrás de la cabeza pausadamente, como en un campo, aunque la pequeña cabeza
la traicionara: moviéndose ya rápida y vibrátil, con el viejo susto de su especie
mecanizado. Una que otra vez, al final más raramente, la gallina recordaba que se
había recortado contra el aire al borde del tejado, pronta a renunciar. En esos 
momentos llenaba los pulmones con el aire impuro de la cocina y, si se les hubiese
dado cantar a las hembras, ella, si bien no cantaría, cuando menos quedaría más 
contenta. Aunque ni siquiera en esos instantes la expresión de su vacía cabeza se
alteraba. En la fuga, en el descanso, cuando dio a luz, o mordisqueando maíz, la
suya continuaba siendo una cabeza de gallina, la misma que fuera desdeñada en los
comienzos de los siglos. Hasta que un día la mataron, se la comieron y pasaron los
años.
