Adiós a las letras(tiempo de lectura: 5 minutos)

Aquí estamos otra vez querido lector, aunque me temo que este sea nuestro último encuentro. Aparentemente se me han agotado las fuentes de inspiración y nada se me ocurre para hacerle pasar un buen rato. Ni un cuento, ni una poesía ni nada. Debo decirle que no he escatimado esfuerzos para salir de este desierto literario al que me han desterrado las musas. Incluso llené, arruiné debiera decir, obligando a mi mano, cientos de hojas blancas con párrafos aguachentos y desconectados. Nunca acostumbro a lamentarme por los devenires del destino. Concuerdo con Kipling en eso. Y si la actividad que fue mi vida y mi pasión se agotó, pues será que es tiempo de buscar nuevos rumbos. Es por eso que aprovechando el deceso de mi primo Raúl, injustamente abatido por un accidente cerebro vascular, me estoy iniciando en el apasionante aunque tristemente célebre oficio de matar y destazar ganado para el consumo humano. El de matarife es un oficio de esos que la sociedad mantiene oculto, como el hijo retardado o deforme que se encierra en el sótano. Todos disfrutamos del bife de chorizo, de los costillares, de los riñoncitos sin pensar un momento en el proceso por el cual ese manso y abúlico animal, que hasta hace poco pastaba despreocupado en la pradera, termine machacado por los molares de inocentes familias. Raúl tenía su matadero en un pequeño pueblo del sur de Buenos Aires y desde que lo adquirí he implementado una serie de reformas que, lo digo sin modestia, han elevado considerablemente la calidad del producto. Lo primero que hice fue capacitar a los hermanos Barrera, los antiguos operarios de Raúl que a pesar de su edad han sabido captar las nuevas tendencias en manejo y sacrificio de animales. El estrés de los animales en el momento de la muerte es un factor clave en la excelencia de la carne producida. Y la vista del viejo galpón de chapa, tapizado con sangre seca, no contribuía a la tranquilidad del animal. Esto sumado al tintinear de ganchos y cadenas, al penetrante olor a orín, bosta y carne podrida daba como resultado reses de carne blancuzca, sin sabor. Si bien soy defensor de las tradiciones reconozco que en ciertos ámbitos son necesarios los cambios. Por ejemplo el proceso de aturdimiento que realizaban los hermanos Barrera, mientras mi primo Raúl daba cuenta de salamines caseros en el boliche del pueblo. Consistía en arrear la vaca a gritos y palazos hasta una argolla montada en el suelo del galpón. Luego le ajustaban una correa en el cuello hasta que la cabeza del animal quedaba inmovilizada y cuando la vaca, medio asfixiada y cansada de resbalar sobre su propio excremento dejaba de moverse, Aldo, el más chico, le daba con la parte de atrás de un hacha entre las cejas. Por lo general no bastaba un solo golpe. Cuando esto ocurría Aldo, de carácter parco pero tranquilo, se ensañaba con la cabeza del pobre animal entre puteadas hasta que no quedaba más que una masa amorfa, no apta para la venta. En estos casos su hermano Emilio salía tranqueando del galpón y se iba a ayudarlo a Raúl con los salamines. Todo eso ha cambiado. Me enorgullece contar que el galpón ha sido demolido y en su lugar se levanta una factoría que parece más una cabaña de descanso que un matadero. Mediante un convenio con la facultad de Medicina logré que grupos de estudiantes de Kinesiología realicen periódicamente sesiones de masajes a los animales. Cuando llega el momento del sacrificio, le hacemos beber al animal una infusión tranquilizante y lo conducimos amablemente hacia la cabaña. Una vez allí la vaca se encuentra con un ambiente cálido, de colores y fragancias suaves. Las luces tenues y la música oriental ayudan a crear una atmósfera de trascendencia. El animal se acuesta en un mullido colchón de heno y cuando se duerme entre las caricias de Emilio, aparece Aldo con la pistola neumática, la apoya en la tranquila frente y el perno le perfora el cráneo. Luego y mediante una puerta trampa, el cadáver pasa al subsuelo. El lugar nada tiene que envidiar a un quirófano. Allí, Aldo y Emilio, enfundados en batas estériles, emprenden la minuciosa tarea de cuerear al animal y dejar preparada la res para que la lleve el camión. La tecnología también interviene en este paso ya que a los clásicos ganchos y filosos cuchillos se suman sierras silenciosas, aspiradoras de sangre y demás instrumentos de desodorización e higiene. Las otras vacas ni sospechan el destino que les espera bajo la pintoresca cabaña. En aras de la armonía laboral tuve que hacer algunas concesiones. Cada tanto Aldo se lleva una cabeza de vaca recién sacrificada y se encierra en una tapera en los confines del campo. Emilio me contó que ahí guarda el viejo hacha. Y así trascurre mi nueva vida querido lector. He cambiado la polera y la pipa por bombachas de gaucho y facón. Después del agotador trabajo nos reunimos con Emilio, que resultó ser un excelente interlocutor, en el boliche. El vino es de somera calidad. Pero los salamines son excepcionales. Una vez leí por ahí que había que escribir con las entrañas y bueno, me paso el día rodeado de entrañas, quizá mi fugitiva inspiración vuelva.

5 Respuestas

  1. Gaby Cicottino dice:

    Muy bueno! Mantiene el interés en la lectura todo momento.
    Tal vez hubiera omitido para este cuento la gran idea de hablarle al público, porque el relato del matadero ya de por sí tiene un gran contenido, por lo tanto le quita el lugar principal a la idea de interactuar,queda algo descolgada al inicio y al final. La hubiera usado en otro cuento, más suave.
    Aun así me pareció buenísimo.

  2. Algo original. Creo que Damián debe ser buen escritor y un experto en faenar. animales. Muy gracioso el cambio de tratamiento de los vacunos.. Crudísimo el relato del antiguo método para sacrificarlos.

  3. Vilma Chiappero dice:

    Hasta que su musa vuelva, porque se que volverá, yo hubiera escrito para mis lectores, a modo de despedida de esta etapa, algo más alegre, más cálido, pero esta es mi opinión y no soy vegetariana.

  4. Pedro dice:

    muy buena la temática, súmamente original. Me gustó el ritmo, y mantiene al lector atrapado hasta el final. Buen desarrollo y un final brillante.

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