# Tobias Wolff – A la espera de nuevas órdenes

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- Published: 2015-09-16T11:02:51-03:00
- Author: Administrador

El sargento Morse estaba de guardia aquella noche en la oficina de la compañía cuando
llamó una mujer; preguntaba por Billy Hart. Él le contó que al soldado especialista
Hart lo habían mandado a Irak una semana antes. La mujer dijo:
 -¿Billy Hart? ¿Está
seguro? Nunca dijo nada sobre que lo mandarían fuera. -Estoy seguro. -Bien. Dios
santo. Eso sí que es nuevo. -¿Y quién es usted? Si no le importa que se lo pregunte.-
Soy su hermana. -Puedo darle su email. No cuelgue, se lo conseguiré. -Está bien.
Pero hay gente esperando para hablar. Gente que no tiene nada mejor que hacer que
acogotar a los demás. -No llevará más de un minuto. -Da igual. Se ha ido, ¿no? -
Vuelva a llamar cuando quiera. A lo mejor la puedo ayudar. -Ja -dijo ella, y colgó.
El sargento Morse volvió a ocuparse de los papeles, pero la llamada le había inquietado.
Se levantó y fue a la máquina del agua fría, se sirvió un vaso y se quedó junto 
a la puerta. La noche era amenazadoramente cálida y silenciosa: ya eran más de las
once, el cuartel estaba en silencio, sólo unas pocas ventanas brillaban en la bruma.
Una gruesa mariposa gris tamborileaba contra la puerta de tela metálica. Morse no
conocía bien a Billy Hart, pero se había fijado en él. Hart era de los montes cercanos
a Asheville y le gustaba jugar a hacerse el cateto porque eso le protegía. Siempre
estaba haciendo chanchullos, vagueando en alguna parte cuando había trabajo que 
hacer, aunque siempre dispuesto a desplumar a los novatos al póquer o cobrándoles
por llevarlos a la ciudad en su Mustang descapotable. Se decía que traficaba con
droga, pero no le habían cogido. Pensaba que todos los demás eran idiotas; podía
verse que pensaba eso en aquella sonrisita tensa. Algún día tendría un tropiezo,
pero por ahora le iba bien. Para los tipos como Billy Hart, allí había muchas oportunidades.
Un soldado con buena facha, sin embargo. Con algo de indio en aquellos pómulos altos,
los ojos negros hundidos; guapo, de verdad, y con aquellos gestos lentos como de
gato, frío, distante, casi desdeñoso en la languidez y ligereza de sus movimientos.
Morse había notado que le atraía a pesar de sí mismo; era consciente de que Hart
supondría problemas, por lo que siempre estaba tenso en presencia suya, luchando
contra la obstinada tendencia de su mirada a dirigirse hacia la cara de Hart, hacia
aquella expresión de que sabía algo secreto que le asomaba a los labios. Hart resultaba
accesible, Morse lo notaba con seguridad, y estaba abierto a cualquier cosa que 
le ofreciera interés y ventajas. Con todo, Morse había mantenido las distancias.
No hacía avances, y no podía correr el riesgo de un enredo estúpido; en cualquier
caso, ahora no. Había pasado veinte de sus treinta y nueve años en el ejército. 
No era de los que aseguraban que lo amaban, pero pertenecía a él como a una tribu,
ligado a los que le rodeaban por los lazos de una obligación irrenunciable, y el
amor a fin de cuentas no venía al caso. Era soldado, ya no se podía imaginar de 
paisano; la informalidad de esa vida, las interminables elecciones insignificantes
que había que tomar. Morse sabía que era de donde estaba, y sin embargo se arriesgaba
a provocar un escándalo y a que lo licenciaran por mantener relaciones peligrosas.
Justo antes de su destino en Irak había sido el camarero cubano, que resultó estar
casado y ser un mentiroso compulsivo -mentiroso por deporte-, y al final, cuando
Morse rompió con él, un chantajista. Morse no dejó que lo chantajease. Escribió 
el nombre y número de teléfono del oficial a cuyas órdenes estaba. -Toma -dijo-,
venga, llámale. Y aunque no creyó que el hombre fuera a llamar de verdad, pasó las
semanas siguientes encogido por dentro por si llegaba a recibir un golpe. Luego 
lo mandaron a Irak y pronto volvió a vivir, listo para la siguiente emoción. Ésta
tomó la forma de un joven teniente al que destinaron a la unidad de Morse la misma
semana en que llegó. Pasaron el cursillo de orientación juntos, y Morse estaba seguro
de que el teniente sentía atracción por él, aunque parecía indeciso con respecto
a su propia disposición, hasta cuando se rindió a ella, lo que hizo con una prisa
sólo incrementada por la casi imposibilidad de encontrar tiempo y espacio íntimos.
En realidad acababa de descubrir lo que era, y en el proceso de descubrirlo tuvo
accesos de asco de sí mismo tan despiadados y oscuros que Morse tuvo miedo de que
se hiciera daño o volviera su rabia hacia el exterior, puede que contra el propio
Morse, o los llevara a los dos a la ruina por confesárselo berreando a un coronel
paternal en algún bar de oficiales. La cosa no llegó a tanto. El teniente había 
adoptado a un gato sarnoso con una sola oreja mientras estaban de patrulla; el gato
le arañó el tobillo y el arañazo se infectó, y en lugar de ponerse en tratamiento
se hizo el loco y trató de aguantarlo y, joder, casi se queda sin pie. Lo mandaron
a casa con muletas a los cinco meses de haberlo destinado. Para entonces Morse estaba
tan harto que no sintió la menor pena; sólo alivio. No tenía motivos para sentir
alivio. No mucho después de volver a Estados Unidos, le llamaron al cuartel general
del regimiento para una entrevista con dos hombres pulcros, amistosos, vestidos 
de paisano que aseguraron ser ayudantes del congresista del distrito del teniente.
Dijeron que existía una cuestión delicada por la que habían recurrido al congresista
que requería un examen detallado del destino en Irak del teniente; su comportamiento
en acción, sus relaciones con los demás oficiales y con la tropa que estaba a su
mando. Sus preguntas surgían durante la conversación, casi con desgana, pero insistían
una y otra vez sobre sus propias relaciones con el teniente. Morse no soltó prenda,
aunque se esforzó por parecer sincero, sin recelos. Imaginó que aquellos hombres
eran agentes de estupefacientes del ejército, aunque dijeran otra cosa. Dejaron 
pasar varias semanas antes de reclamarle para otro interrogatorio, que cancelaron
sin aviso; Morse apareció, pero ellos no. Todavía estaba esperando la próxima citación.
Muchas veces había deseado que sus deseos se cumplieran mejor, pero supuso que eso
era lo normal; en realidad era un hombre de suerte cuyos deseos se cumplían lo suficiente.
Con todo tenía esperanzas. Durante los últimos meses había mantenido relaciones 
con un sargento mayor de la división de Inteligencia; un hombre tranquilo, culto,
cinco años mayor que él. Aunque Morse no conseguía considerarse “pareja” de nadie,
poco a poco fue abandonando su habitación en el cuartel de estado mayor para pasar
noches y fines de semana en la casa de Dixon de fuera del puesto. La vivienda estaba
atestada de armas antiguas, máscaras y juegos de ajedrez que Dixon había coleccionado
durante sus destinos en varias partes del mundo, y al principio Morse había sentido
una especie de sobrecogimiento nervioso, como si estuviera en un museo, pero ya 
se le había pasado. Ahora le gustaba tener aquellas cosas alrededor. Allí estaba
en casa. Sin embargo, Dixon iba a ser destinado al otro lado del mundo en breve 
y el propio Morse recibiría órdenes pronto; entonces, lo sabía, todo se complicaría.
Tendrían que plantearse ciertas consideraciones sobre cada uno de ellos y sobre 
sí mismos. Tendrían que decidir cuánto iban a prometer. Adónde los llevaría aquello,
Morse no lo sabía. Pero todo esto aún tenía que llegar. La hermana de Billy Hart
volvió a llamar una medianoche, justo cuando Morse estaba cambiando su puesto en
el despacho de la compañía con otro sargento. Cuando descolgó y oyó la voz, señaló
la puerta y el otro hombre sonrió y salió fuera. -Entonces, ¿quiere la dirección?-
preguntó Morse. -Eso supongo. Para lo que me va a servir. Morse ya le había echado
una ojeada. Se la leyó. -Gracias -dijo ella-. Yo no tengo ordenador, pero Sal sí.-¿
Sal? -¡Sally Cronin! Mi prima. -Podría ir usted a un cibercafé. -Bueno, supongo 
que sí -dijo ella con escepticismo. –Oiga… ¿no dijo usted que a lo mejor podría 
ayudarme? -No lo sé con exactitud -dijo Morse. -Lo dijo, sin embargo. -Sí, y usted
se rió. -Eso no fue una risa de verdad. -Ah, no fue una risa. -Más bien algo así
como… no sé. Morse esperó. -Lo siento -dijo ella-. Mire, no le estoy pidiendo ayuda,¿
vale? Pero ¿por qué lo dijo? Sólo por curiosidad. -Por nada. No pensé en ello. -¿
Es usted amigo de Billy? -Me cae bien. -Bien, eso fue agradable. ¿Sabe? Una cosa
agradable de oír. Una vez Morse terminó el servicio fue en coche a la cafetería 
desde la que había llamado ella. Según acordaron, estaría esperándole junto a la
caja registradora, y cuando él cruzó la puerta vestido de faena vio que la mujer
le miraba con intensidad y cierta prevención. Se enderezó; una mujer alta, casi 
tanto como el propio Morse, con lacio pelo castaño y una cara larga con aspecto 
de cansada, muchas pecas debajo de los ojos. Tenía los ojos oscuros, pero por lo
demás no se parecía nada a Hart, y Morse se sintió desconcertado por la súbita decepción
y su impulso de largarse. La mujer dio un paso hacia él, con la cabeza ladeada, 
como si tratara de adivinar si era él. Llevaba una blusa roja sin mangas y se abrazaba
los pecosos brazos para defenderse del frío del aire acondicionado. -Bien, ¿debería
llamarle sargento? -preguntó. -Randall. -Sargento Randall. -Sólo Randall. -Sólo 
Randall -repitió ella, y le tendió la mano. La tenía seca y áspera. -Julianne. Vamos
al rincón. Le condujo a una mesa junto a la gran ventana que daba al aparcamiento.
Un niño con la cara gorda, puede que de unos siete u ocho años, ya estaba sentado
dibujando en la parte de atrás de un mantel individual entre los restos casi solidificados
de huevos, pan de molde y salchichas. Mientras sujetaba el lápiz de colores como
un pincho, levantó la cabeza cuando Morse se sentó en el banco de frente al suyo.
Tenía las mismas cejas que la mujer, muy marcadas, y clavó la vista en Morse sin
pestañear; luego se mordió el labio inferior y volvió a su tarea. -Di hola, Charlie.
El chico siguió dibujando. Por fin dijo: -Qué pasa. -No quiere decir “hola”. Ahora
dice “qué pasa”. No sé de dónde lo habrá sacado. -No importa. ¿Qué pasa contigo,
Charlie? -Pareces una rana -dijo el chico. Dejó el lápiz y agarró otro de la abarrotada
mesa. -¡Charlie! -exclamó ella-. Sé educado -añadió más calmada, haciendo un gesto
a la camarera que servía café en la mesa de al lado. -Da lo mismo -dijo Morse. Imaginó
que pasaría aquello. No porque él pareciera una rana (aunque era plenamente consciente
de su enorme boca), sino porque le había seguido la corriente al chico. ¡”Qué pasa
contigo”! -¿Qué hace esa mujer? -dijo Julianne, cuando la camarera paseó cansinamente
la mirada por el local. Entonces atrajo su atención, y la mujer se acercó muy despacio
a la mesa y le rellenó la taza. -¿Estás haciendo un dibujo? -preguntó la camarera.-¿
Qué es? -el niño la ignoró-. Pues tiene usted ahí a un pequeño artista -le dijo 
a Morse, y luego se alejó pensando en otra cosa. Julianne se echó mucho azúcar en
el café. -¿Charlie es hijo suyo? Ella se giró y miró interrogante al niño. -No. -
Tú no eres mi madre -murmuró el niño. -¿No acabo de decirlo? -ella acarició la redonda
mejilla del niño con el dorso de la mano-. Haz ese dibujo, metomentodo. ¿Niños? -
preguntó a Morse. -Todavía no -observó que el niño trazaba rayajos en el mantelito,
agarrando el lápiz como si realizara un trabajo duro. -No se ha perdido usted nada.-
Bueno, creo que probablemente sí. -Nada salvo malas contestaciones y complicaciones-
dijo ella-.Charlie es de Billy. De Billy y Dina. Morse nunca lo habría supuesto 
al mirar al niño. -No sabía que Hart tuviera un hijo -dijo, y esperó que ella no
hubiera apreciado la nota de queja, para él demasiado evidente y extraña. -Tampoco
él, por cómo se porta. Él y Dina, los dos. Dina, explicó, estaba fuera haciendo 
una segunda cura de rehabilitación en Raleigh. Julianne y Belle (la madre de Julianne,
dedujo Morse) habían estado cuidando de Charlie, pero no les iba bien, y después
de la última riña Belle se había largado a Florida con un novio, dejando a Julianne
empantanada. Conducía un autobús escolar durante el curso y por los veranos trabajaba
de cocinera en un campamento para chicas, pero con Charlie a su cargo y sin dinero
para que cuidaran del niño había renunciado al trabajo en el campamento. De modo
que había venido hasta aquí en coche para tratar de obtener ayuda de Billy; la suficiente
para ir tirando hasta que empezasen las clases o Belle decidiera volver y hacer 
lo que le correspondía, algo muy poco probable. Morse hizo un gesto con la cabeza
hacia el chico. No le gustaba que oyera todo aquello, si es que algo conseguía romper
aquella concentración, pero Julianne continuó como si no le hubiera visto. Tenía
una voz grave, casi masculina, con un tono nasal como el que puede hacer una hoja
de sierra. Carecía de aquella perezosa musicalidad característica de Hart, y su 
aspecto se correspondía más con el propio de las hondonadas y granjas de su tierra
natal. Hablaba de la gente de allí como si Morse también debiera conocerla, como
si ella no tuviera una idea de cómo funcionaba el mundo exterior al suyo. Al principio
Morse supuso que ella quería cargarle con el mochuelo, pero no lo hizo. No entendía
qué quería de él, ni por qué, sin venir a cuento, se había ofrecido a ir allí aquella
noche. -De modo que se ha ido -dijo Julianne-. Está usted seguro. -Me temo que sí.-
Bien. Pues ya sé la suerte que tengo. No podría ser peor -se reclinó y cerró los
ojos. -¿Por qué no llamó antes? -¿Qué? ¿Que él supiera que yo venía? Usted no conoce
a nuestro Billy. Entonces Julianne pareció quedar en trance, y Morse pronto la siguió,
adormecido por el tintineo de la vajilla y las voces de los de alrededor, el lápiz
de colores rascando suavemente. No supo cuánto estuvo sentado en ese plan. Lo despertó
el repiqueteo de gotas de lluvia contra la ventana, unas cuantas gotas gruesas que
dejaban líneas grasientas al deslizarse cristal abajo. Dejó de llover. Luego volvió
a hacerlo con fuerza, chisporroteando sobre el asfalto y haciendo brillar los coches
del aparcamiento; algo agradable de ver después del largo día húmedo. -Llueve -dijo
Morse. Julianne no se molestó en mirar. De no haber asentido con la cabeza, podría
haber estado dormida. Morse reconoció a dos hombres de su compañía en una mesa al
otro lado del local. Los miró hasta que le lanzaron una ojeada, entonces saludó 
con la cabeza y ellos le devolvieron el saludo. Cien por cien seguro; confirmado
al ver al sargento Morse con una mujer y un niño. Una familia. Le molestaba pensar
algo tan vulgar y duro, y lamentó lo que le llevó a pensar en ello. Con todo, ¿cómo
los iban a ver si no, a los tres, en una cafetería a aquella hora? Y no sólo era
que pareciesen una familia. No, había un ambiente familiar en el propio silencio
de la mesa: Julianne con los ojos cerrados, el niño ocupado con su dibujo, el propio
Morse con pinta de marido y padre. -Está cansada -dijo. La ternura de su propia 
voz le sorprendió, y los ojos de Julianne parpadearon al abrirse como si también
ella estuviera sorprendida. Le miró con gratitud; y a Morse se le ocurrió que aquella
noche le había vuelto a llamar por el motivo que le dio: porque había hablado con
ella amablemente. -Estoy cansada -dijo ella-. Así es como estoy. -Mire, Julianne.¿
Qué necesita para mantenerse a flote? -Nada. Olvide todo eso… Sólo me estaba desahogando.-
No me refiero a un acto de caridad, ¿vale? Sólo un préstamo, eso es todo. -Me las
arreglaré. -No hay nadie haciendo cola para que le preste nada -dijo él, y era verdad.
El padre y el hermano mayor de Morse, al fin se daba cuenta, mantenían frías relaciones
con él desde hacía años. Estuvo cerca de su madre, pero ella murió justo después
de que él regresara de Irak. En su nuevo testamento Morse nombraba única heredera
a la residencia donde su madre pasó sus últimas semanas. Nombrar a Dixon parecía
demasiado precipitado y estaría lleno de significado, así que podría atraer una 
atención nada deseada; y en cualquier caso, Dixon había hecho unas inversiones acertadas
y estaba bien cubierto. -No puedo aceptarlo, así de fácil -dijo Julianne. Pero es
realmente encantador. -Mi padre es soldado -dijo el niño, con la cabeza todavía 
inclinada sobre el mantelito. -Ya lo sé -dijo Morse-. Y buen soldado. Deberías estar
orgulloso. Julianne le sonrió, sonrió de verdad, por primera vez aquella noche. 
Había estado apartando la vista, siempre con una expresión tensa en la boca; cuando
sonreía parecía otra persona. Morse vio que no carecía de encanto, y que estar cómoda
con él lo había hecho aflorar. Se sentía avergonzado. Tuvo la sensación de que era
un hipócrita, pero se libró de ella inmediatamente, incluso con indignación. -No
puedo obligarla -dijo-. Haga lo que quiera. La sonrisa desapareció. -Lo haré -dijo
ella, en el mismo tono que había utilizado él; más duro de lo que pretendía-. Pero
de todos modos se lo agradezco. Charlie -se dirigió al niño-, es hora de irse. Recoge
todo eso. -No he terminado. -Lo terminarás mañana. Morse esperó mientras ella enrollaba
el mantel de papel y ayudaba al niño a que recogiera sus lápices de colores. Se 
fijó en la cuenta sujeta debajo del salero y la agarró. -Yo me ocuparé de eso -dijo
ella, estirando la mano de un modo que no admitía negativa. Morse se quedó de pie,
incómodo, mientras Julianne pagaba en la caja, luego salió con ella y el niño. Se
quedaron parados debajo de la marquesina, mirando la tormenta que azotaba el aparcamiento.
Destellos de lluvia caían oblicuamente entre el resplandor de las luces de arriba.
Los árboles cercanos se sacudían con violencia, y el viento producía ondulaciones
brillantes en el asfalto. Julianne apartó un mechón de pelo de la frente del chico.-
Yo estoy preparada. ¿Y tú? -No. -Bueno, pues no va a dejar de llover por Charles
Drew Hart -bostezó con ganas y se sacudió la cabeza-. Encantada de haber hablado
con usted -le dijo a Morse. -¿Dónde se van a alojar? -En la furgoneta. -¿Una furgoneta?¿
Van a dormir en una camioneta de ésas? -No puedo conducir como está ahora -y en 
la mirada que le lanzó, expectante y burlona, Morse vio que ella sabía que le ofrecería
la habitación de un motel, y que ella ya estaba disfrutando con la satisfacción 
de rechazarla. Pero eso no impidió que él lo intentara. -Orgullo de campesinos -
comentó Dixon por la mañana cuando Morse le contó la historia-. Deberías haberla
invitado a que se quedara aquí. La gente así, la que vive en el monte, acepta la
hospitalidad aunque no acepte dinero. Son como los árabes. La hospitalidad tiene
algo de sagrado. Uno no se niega a ofrecerla, y no se niega a aceptarla. -No se 
me ocurrió -dijo Morse, aunque la verdad es que había tenido la misma intuición 
cuando estaba de pie delante del restaurante con los otros dos, la cartera en la
mano. Hasta cuando trató de decirle a Julianne que aceptara el dinero para una habitación,
invocando la furia de la tormenta y la necesidad de resguardar al niño en un sitio
seguro y seco, tuvo la sensación de que si se hubiera limitado a invitarla a ir 
a su casa, ella habría dicho que sí. Y entonces, ¿qué? Despertar y molestar a Dixon
para que llevara toallas limpias a la habitación de invitados, preparara café, bromeara
con el niño; y mirara a Morse de aquel modo suyo. Su significado a Julianne le resultaría
claro. ¿Y de qué le serviría saberlo? A causa de la sorpresa y el desagrado, incluso
de la sensación de que habían traicionado sus sentimientos, ella podría echar a 
perder lo suyo. Morse había pensado en eso pero de verdad no tenía miedo. Y Julianne
le caía bien, y no pensaba que obrara con malicia. A lo que tenía miedo, lo que 
no podía permitir, era que ella viese cómo le miraba Dixon, y que luego ellos vieran
que él no podía responder a la mirada que había recibido. Entre ellos esas cosas
estaban desequilibradas, y él mismo no era nada cariñoso. Así que aunque le ofreciera
refugio a Julianne, se sentiría falso, melifluo, como si estuviese tratando de comprarla.
Y lo injusto que era sentir culpabilidad mientras le ofrecía un dinero que era rechazado
le demostraba demasiadas cosas. Por fin le dijo que se fuera a dormir a la maldita
camioneta si era eso lo que quería. -Yo no quiero dormir en la camioneta -dijo el
niño. -Verás lo que pasa como no lo hagas -dijo Julianne-. Y ahora vamos… ¿Preparado
o no? -No intente volver en coche a su casa -aconsejó Morse. Ella puso la mano en
el hombro del chico y tiró de él hacia el aparcamiento. -Está demasiado cansada -
le gritó Morse, pero si ella respondió no pudo oírlo por el repiqueteo de la lluvia
en la marquesina metálica. Atravesaron el asfalto. El viento venía en rachas, haciendo
la lluvia tan fuerte que Morse tuvo que dar un salto atrás. Julianne recibía la 
lluvia en plena cara y nunca volvió la cabeza. Tampoco el niño, Charlie. Ella le
cuidaría, estuviera preparado o no, mientras andaban bajo la lluvia como si no estuviera
lloviendo.
