# Oscar Wilde – El gigante egoísta

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- Published: 2015-09-23T19:39:21-03:00
- Author: Administrador

Cada tarde, a la salida de la escuela, los niños se iban a jugar al jardín del Gigante.
Era un jardín amplio y hermoso, con arbustos de flores y cubierto de césped verde
y suave. Por aquí y por allá, entre la hierba, se abrían flores luminosas como estrellas,
y había doce albaricoqueros que durante la Primavera se cubrían con delicadas flores
color rosa y nácar, y al llegar el Otoño se cargaban de ricos frutos aterciopelados.
Los pájaros se demoraban en el ramaje de los árboles, y cantaban con tanta dulzura
que los niños dejaban de jugar para escuchar sus trinos.
 -¡Qué felices somos aquí!-
se decían unos a otros.Pero un día el Gigante regresó. Había ido de visita donde
su amigo el Ogro de Cornish, y se había quedado con él durante los últimos siete
años. Durante ese tiempo ya se habían dicho todo lo que se tenían que decir, pues
su conversación era limitada, y el Gigante sintió el deseo de volver a su mansión.
Al llegar, lo primero que vio fue a los niños jugando en el jardín. -¿Qué hacen 
aquí? -surgió con su voz retumbante. Los niños escaparon corriendo en desbandada.-
Este jardín es mío. Es mi jardín propio -dijo el Gigante-; todo el mundo debe entender
eso y no dejaré que nadie se meta a jugar aquí. Y, de inmediato, alzó una pared 
muy alta, y en la puerta puso un cartel que decía:

ENTRADA ESTRICTAMENTE PROHIBIDA BAJO LAS PENAS CONSIGUIENTES

Era un Gigante egoísta…
 Los pobres niños se quedaron sin tener dónde jugar. Hicieron
la prueba de ir a jugar en la carretera, pero estaba llena de polvo, estaba plagada
de pedruscos, y no les gustó. A menudo rondaban alrededor del muro que ocultaba 
el jardín del Gigante y recordaban nostálgicamente lo que había detrás. -¡Qué dichosos
éramos allí! -se decían unos a otros. Cuando la Primavera volvió, toda la comarca
se pobló de pájaros y flores. Sin embargo, en el jardín del Gigante Egoísta permanecía
el Invierno todavía. Como no había niños, los pájaros no cantaban, y los árboles
se olvidaron de florecer. Sólo una vez una lindísima flor se asomó entre la hierba,
pero apenas vio el cartel, se sintió tan triste por los niños que volvió a meterse
bajo tierra y volvió a quedarse dormida. Los únicos que ahí se sentían a gusto eran
la Nieve y la Escarcha. -La Primavera se olvidó de este jardín -se dijeron-, así
que nos quedaremos aquí todo el resto del año. La Nieve cubrió la tierra con su 
gran manto blanco y la Escarcha cubrió de plata los árboles. Y en seguida invitaron
a su triste amigo el Viento del Norte para que pasara con ellos el resto de la temporada.
Y llegó el Viento del Norte. Venía envuelto en pieles y anduvo rugiendo por el jardín
durante todo el día, desganchando las plantas y derribando las chimeneas. -¡Qué 
lugar más agradable! -dijo-. Tenemos que decirle al Granizo que venga a estar con
nosotros también. Y vino el Granizo también. Todos los días se pasaba tres horas
tamborileando en los tejados de la mansión, hasta que rompió la mayor parte de las
tejas. Después se ponía a dar vueltas alrededor, corriendo lo más rápido que podía.
Se vestía de gris y su aliento era como el hielo. -No entiendo por qué la Primavera
se demora tanto en llegar aquí -decía el Gigante Egoísta cuando se asomaba a la 
ventana y veía su jardín cubierto de gris y blanco-, espero que pronto cambie el
tiempo. Pero la Primavera no llegó nunca, ni tampoco el Verano. El Otoño dio frutos
dorados en todos los jardines, pero al jardín del Gigante no le dio ninguno. -Es
un gigante demasiado egoísta -decían los frutales. De esta manera, el jardín del
Gigante quedó para siempre sumido en el Invierno, y el Viento del Norte y el Granizo
y la Escarcha y la Nieve bailoteaban lúgubremente entre los árboles. Una mañana,
el Gigante estaba en la cama todavía cuando oyó que una música muy hermosa llegaba
desde afuera. Sonaba tan dulce en sus oídos, que pensó que tenía que ser el rey 
de los elfos que pasaba por allí. En realidad, era sólo un jilguerito que estaba
cantando frente a su ventana, pero hacía tanto tiempo que el Gigante no escuchaba
cantar ni un pájaro en su jardín, que le pareció escuchar la música más bella del
mundo. Entonces el Granizo detuvo su danza, y el Viento del Norte dejó de rugir 
y un perfume delicioso penetró por entre las persianas abiertas. -¡Qué bueno! Parece
que al fin llegó la Primavera -dijo el Gigante, y saltó de la cama para correr a
la ventana. ¿Y qué es lo que vio? Ante sus ojos había un espectáculo maravilloso.
A través de una brecha del muro habían entrado los niños, y se habían trepado a 
los árboles. En cada árbol había un niño, y los árboles estaban tan felices de tenerlos
nuevamente con ellos, que se habían cubierto de flores y balanceaban suavemente 
sus ramas sobre sus cabecitas infantiles. Los pájaros revoloteaban cantando alrededor
de ellos, y los pequeños reían. Era realmente un espectáculo muy bello. Sólo en 
un rincón el Invierno reinaba. Era el rincón más apartado del jardín y en él se 
encontraba un niñito. Pero era tan pequeñín que no lograba alcanzar a las ramas 
del árbol, y el niño daba vueltas alrededor del viejo tronco llorando amargamente.
El pobre árbol estaba todavía completamente cubierto de escarcha y nieve, y el Viento
del Norte soplaba y rugía sobre él, sacudiéndole las ramas que parecían a punto 
de quebrarse. -¡Sube a mí, niñito! -decía el árbol, inclinando sus ramas todo lo
que podía. Pero el niño era demasiado pequeño. El Gigante sintió que el corazón 
se le derretía. -¡Cuán egoísta he sido! -exclamó-. Ahora sé por qué la Primavera
no quería venir hasta aquí. Subiré a ese pobre niñito al árbol y después voy a botar
el muro. Desde hoy mi jardín será para siempre un lugar de juegos para los niños.
Estaba de veras arrepentido por lo que había hecho. Bajó entonces la escalera, abrió
cautelosamente la puerta de la casa, y entró en el jardín. Pero en cuanto lo vieron
los niños se aterrorizaron, salieron a escape y el jardín quedó en Invierno otra
vez. Sólo aquel pequeñín del rincón más alejado no escapó, porque tenía los ojos
tan llenos de lágrimas que no vio venir al Gigante. Entonces el Gigante se le acercó
por detrás, lo tomó gentilmente entre sus manos, y lo subió al árbol. Y el árbol
floreció de repente, y los pájaros vinieron a cantar en sus ramas, y el niño abrazó
el cuello del Gigante y lo besó. Y los otros niños, cuando vieron que el Gigante
ya no era malo, volvieron corriendo alegremente. Con ellos la Primavera regresó 
al jardín. -Desde ahora el jardín será para ustedes, hijos míos -dijo el Gigante,
y tomando un hacha enorme, echó abajo el muro. Al mediodía, cuando la gente se dirigía
al mercado, todos pudieron ver al Gigante jugando con los niños en el jardín más
hermoso que habían visto jamás. Estuvieron allí jugando todo el día, y al llegar
la noche los niños fueron a despedirse del Gigante. -Pero, ¿dónde está el más pequeñito?-
preguntó el Gigante-, ¿ese niño que subí al árbol del rincón? El Gigante lo quería
más que a los otros, porque el pequeño le había dado un beso. -No lo sabemos -respondieron
los niños-, se marchó solito. -Díganle que vuelva mañana -dijo el Gigante. Pero 
los niños contestaron que no sabían dónde vivía y que nunca lo habían visto antes.
Y el Gigante se quedó muy triste. Todas las tardes al salir de la escuela los niños
iban a jugar con el Gigante. Pero al más chiquito, a ese que el Gigante más quería,
no lo volvieron a ver nunca más. El Gigante era muy bueno con todos los niños pero
echaba de menos a su primer amiguito y muy a menudo se acordaba de él. -¡Cómo me
gustaría volverlo a ver! -repetía. Fueron pasando los años, y el Gigante se puso
viejo y sus fuerzas se debilitaron. Ya no podía jugar; pero, sentado en un enorme
sillón, miraba jugar a los niños y admiraba su jardín. -Tengo muchas flores hermosas-
se decía-, pero los niños son las flores más hermosas de todas. Una mañana de Invierno,
miró por la ventana mientras se vestía. Ya no odiaba el Invierno pues sabía que 
el Invierno era simplemente la Primavera dormida, y que las flores estaban descansando.
Sin embargo, de pronto se restregó los ojos, maravillado, y miró, miró… Era realmente
maravilloso lo que estaba viendo. En el rincón más lejano del jardín había un árbol
cubierto por completo de flores blancas. Todas sus ramas eran doradas, y de ellas
colgaban frutos de plata. Debajo del árbol estaba parado el pequeñito a quien tanto
había echado de menos. Lleno de alegría el Gigante bajó corriendo las escaleras 
y entró en el jardín. Pero cuando llegó junto al niño su rostro enrojeció de ira,
y dijo: -¿Quién se ha atrevido a hacerte daño? Porque en la palma de las manos del
niño había huellas de clavos, y también había huellas de clavos en sus pies. -¿Pero,
quién se atrevió a herirte? -gritó el Gigante-. Dímelo, para tomar la espada y matarlo.-¡
No! -respondió el niño-. Estas son las heridas del Amor. -¿Quién eres tú, mi pequeño
niñito? -preguntó el Gigante, y un extraño temor lo invadió, y cayó de rodillas 
ante el pequeño. Entonces el niño sonrió al Gigante, y le dijo: -Una vez tú me dejaste
jugar en tu jardín; hoy jugarás conmigo en el jardín mío, que es el Paraíso. Y cuando
los niños llegaron esa tarde encontraron al Gigante muerto debajo del árbol. Parecía
dormir, y estaba entero cubierto de flores blancas.
