# Hermann Hesse – La fábula de los ciegos

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- Published: 2015-09-15T05:16:27-03:00
- Author: Administrador

Durante los primeros años del hospital de ciegos, como se sabe, todos los internos
detentaban los mismos derechos y sus pequeñas cuestiones se resolvían por mayoría
simple, sacándolas a votación. Con el sentido del tacto sabían distinguir las monedas
de cobre y las de plata, y nunca se dio el caso de que ninguno de ellos confundiese
el vino de Mosela con el de Borgoña. Tenían el olfato mucho más sensible que el 
de sus vecinos videntes. Acerca de los cuatro sentidos consiguieron establecer brillantes
razonamientos, es decir que sabían de ellos cuanto hay que saber, y de esta manera
vivían tranquilos y felices en la medida en que tal cosa sea posible para unos ciegos.

Por desgracia sucedió entonces que uno de sus maestros manifestó la pretensión de
saber algo concreto acerca del sentido de la vista. Pronunció discursos, agitó cuanto
pudo, ganó seguidores y por último consiguió hacerse nombrar principal del gremio
de los ciegos. Sentaba cátedra sobre el mundo de los colores, y desde entonces todo
empezó a salir mal. Este primer dictador de los ciegos empezó por crear un círculo
restringido de consejeros, mediante lo cual se adueñó de todas las limosnas. A partir
de entonces nadie pudo oponérsele, y sentenció que la indumentaria de todos los 
ciegos era blanca. Ellos lo creyeron y hablaban mucho de sus hermosas ropas blancas,
aunque ninguno de ellos las llevaba de tal color. De modo que el mundo se burlaba
de ellos, por lo que se quejaron al dictador. Éste los recibió de muy mal talante,
los trató de innovadores, de libertinos y de rebeldes que adoptaban las necias opiniones
de las gentes que tenían vista. Eran rebeldes porque, caso inaudito, se atrevían
a dudar de la infalibilidad de su jefe. Esta cuestión suscitó la aparición de dos
partidos. Para sosegar los ánimos, el sumo príncipe de los ciegos lanzó un nuevo
edicto, que declaraba que la vestimenta de los ciegos era roja. Pero esto tampoco
resultó cierto; ningún ciego llevaba prendas de color rojo. Las mofas arreciaron
y la comunidad de los ciegos estaba cada vez más quejosa. El jefe montó en cólera,
y los demás también. La batalla duró largo tiempo y no hubo paz hasta que los ciegos
tomaron la decisión de suspender provisionalmente todo juicio acerca de los colores.
Un sordo que leyó este cuento admitió que el error de los ciegos había consistido
en atreverse a opinar sobre colores. Por su parte, sin embargo, siguió firmemente
convencido de que los sordos eran las únicas personas autorizadas a opinar en materia
de música.
