# Ernest Hemingway – Colinas como elefantes blancos

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- Published: 2015-09-15T23:31:48-03:00
- Author: Administrador

Del otro lado del valle del Ebro, las colinas eran largas y blancas. De este lado
no había sombra ni árboles y la estación se alzaba al rayo del sol, entre dos líneas
de rieles. Junto a la pared de la estación caía la sombra tibia del edificio y una
cortina de cuentas de bambú colgaba en el vano de la puerta del bar, para que no
entraran las moscas. El norteamericano y la muchacha que iba con él tomaron asiento
en una mesa a la sombra, fuera del edificio. Hacía mucho calor y el expreso de Barcelona
llegaría en cuarenta minutos. Se detenía dos minutos en este entronque y luego seguía
hacia Madrid.
 -¿Qué tomamos? -preguntó la muchacha. Se había quitado el sombrero
y lo había puesto sobre la mesa. -Hace calor -dijo el hombre. -Tomemos cerveza. -
Dos cervezas -dijo el hombre hacia la cortina. -¿Grandes? -preguntó una mujer desde
el umbral. -Sí. Dos grandes. La mujer trajo dos tarros de cerveza y dos portavasos
de fieltro. Puso en la mesa los portavasos y los tarros y miró al hombre y a la 
muchacha. La muchacha miraba la hilera de colinas. Eran blancas bajo el sol y el
campo estaba pardo y seco. -Parecen elefantes blancos -dijo. -Nunca he visto uno-
el hombre bebió su cerveza. -No, claro que no. -Nada de claro -dijo el hombre-. 
Bien podría haberlo visto. La muchacha miró la cortina de cuentas. -Tiene algo pintado-
dijo-. ¿Qué dice? -Anís del Toro. Es una bebida. -¿Podríamos probarla? -Oiga -llamó
el hombre a través de la cortina. La mujer salió del bar. -Cuatro reales. -Queremos
dos de Anís del Toro. -¿Con agua? -¿Lo quieres con agua? -No sé -dijo la muchacha-.¿
Sabe bien con agua? -No sabe mal. -¿Los quieren con agua? -preguntó la mujer. -Sí,
con agua. -Sabe a orozuz -dijo la muchacha y dejó el vaso. -Así pasa con todo. -
Sí -dijo la muchacha-. Todo sabe a orozuz. Especialmente las cosas que uno ha esperado
tanto tiempo, como el ajenjo. -Oh, basta ya. -Tú empezaste -dijo la muchacha-. Yo
me divertía. Pasaba un buen rato. -Bien, tratemos de pasar un buen rato. -De acuerdo.
Yo trataba. Dije que las montañas parecían elefantes blancos. ¿No fue ocurrente?-
Fue ocurrente. -Quise probar esta bebida. Eso es todo lo que hacemos, ¿no? ¿Mirar
cosas y probar bebidas? -Supongo. La muchacha contempló las colinas. -Son preciosas
colinas -dijo-. En realidad no parecen elefantes blancos. Sólo me refería al color
de su piel entre los árboles. -¿Tomamos otro trago? -De acuerdo. El viento cálido
empujaba contra la mesa la cortina de cuentas. -La cerveza está buena y fresca -
dijo el hombre. -Es preciosa -dijo la muchacha. -En realidad se trata de una operación
muy sencilla, Jig -dijo el hombre-. En realidad no es una operación. La muchacha
miró el piso donde descansaban las patas de la mesa. -Yo sé que no te va a afectar,
Jig. En realidad no es nada. Sólo es para que entre el aire. La muchacha no dijo
nada. -Yo iré contigo y estaré contigo todo el tiempo. Sólo dejan que entre el aire
y luego todo es perfectamente natural. -¿Y qué haremos después? -Estaremos bien 
después. Igual que como estábamos. -¿Qué te hace pensarlo? -Eso es lo único que 
nos molesta. Es lo único que nos hace infelices. La muchacha miró la cortina de 
cuentas, extendió la mano y tomó dos de las sartas. -Y piensas que estaremos bien
y seremos felices. -Lo sé. No debes tener miedo. Conozco mucha gente que lo ha hecho.-
Yo también -dijo la muchacha-. Y después todos fueron tan felices. -Bueno -dijo 
el hombre-, si no quieres no estás obligada. Yo no te obligaría si no quisieras.
Pero sé que es perfectamente sencillo. -¿Y tú de veras quieres? -Pienso que es lo
mejor. Pero no quiero que lo hagas si en realidad no quieres. -Y si lo hago, ¿serás
feliz y las cosas serán como eran y me querrás? -Te quiero. Tú sabes que te quiero.-
Sí, pero si lo hago, ¿volverá a parecerte bonito que yo diga que las cosas son como
elefantes blancos? -Me encantará. Me encanta, pero en estos momentos no puedo disfrutarlo.
Ya sabes cómo me pongo cuando me preocupo. -Si lo hago, ¿nunca volverás a preocuparte?-
No me preocupará que lo hagas, porque es perfectamente sencillo. -Entonces lo haré.
Porque yo no me importo. -¿Qué quieres decir? -Yo no me importo. -Bueno, pues a 
mí sí me importas. -Ah, sí. Pero yo no me importo. Y lo haré y luego todo será magnífico.-
No quiero que lo hagas si te sientes así. La muchacha se puso en pie y caminó hasta
el extremo de la estación. Allá, del otro lado, había campos de grano y árboles 
a lo largo de las riberas del Ebro. Muy lejos, más allá del río, había montañas.
La sombra de una nube cruzaba el campo de grano y la muchacha vio el río entre los
árboles. -Y podríamos tener todo esto -dijo-. Y podríamos tenerlo todo y cada día
lo hacemos más imposible. -¿Qué dijiste? -Dije que podríamos tenerlo todo. -Podemos
tenerlo todo. -No, no podemos. -Podemos tener todo el mundo. -No, no podemos. -Podemos
ir adondequiera. -No, no podemos. Ya no es nuestro. -Es nuestro. -No, ya no. Y una
vez que te lo quitan, nunca lo recobras. -Pero no nos los han quitado. -Ya veremos
tarde o temprano. -Vuelve a la sombra -dijo él-. No debes sentirte así. -No me siento
de ningún modo -dijo la muchacha-. Nada más sé cosas. -No quiero que hagas nada 
que no quieras hacer… -Ni que no sea por mi bien -dijo ella-. Ya sé. ¿Tomamos otra
cerveza? -Bueno. Pero tienes que darte cuenta… -Me doy cuenta -dijo la muchacha.-¿
No podríamos callarnos un poco? Se sentaron a la mesa y la muchacha miró las colinas
en el lado seco del valle y el hombre la miró a ella y miró la mesa. -Tienes que
darte cuenta -dijo- que no quiero que lo hagas si tú no quieres. Estoy perfectamente
dispuesto a dar el paso si algo significa para ti. -¿No significa nada para ti? 
Hallaríamos manera. -Claro que significa. Pero no quiero a nadie más que a ti. No
quiero que nadie se interponga. Y sé que es perfectamente sencillo. -Sí, sabes que
es perfectamente sencillo. -Está bien que digas eso, pero en verdad lo sé. -¿Querrías
hacer algo por mi? -Yo haría cualquier cosa por ti. -¿Querrías por favor por favor
por favor por favor callarte la boca? Él no dijo nada y miró las maletas arrimadas
a la pared de la estación. Tenían etiquetas de todos los hoteles donde habían pasado
la noche. -Pero no quiero que lo hagas -dijo-, no me importa en absoluto. -Voy a
gritar -dijo la muchacha. La mujer salió de la cortina con dos tarros de cerveza
y los puso en los húmedos portavasos de fieltro. -El tren llega en cinco minutos-
dijo. -¿Qué dijo? -preguntó la muchacha. -Que el tren llega en cinco minutos. La
muchacha dirigió a la mujer una vívida sonrisa de agradecimiento. -Iré llevando 
las maletas al otro lado de la estación -dijo el hombre. Ella le sonrió. -De acuerdo.
Ven luego a que terminemos la cerveza. Él recogió las dos pesadas maletas y las 
llevó, rodeando la estación, hasta las otras vías. Miró a la distancia pero no vio
el tren. De regresó cruzó por el bar, donde la gente en espera del tren se hallaba
bebiendo. Tomó un anís en la barra y miró a la gente. Todos esperaban razonablemente
el tren. Salió atravesando la cortina de cuentas. La muchacha estaba sentada y le
sonrió. -¿Te sientes mejor? -preguntó él. -Me siento muy bien -dijo ella-. No me
pasa nada. Me siento muy bien.
