# Enrique Anderson Imbert – El suicida

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- Published: 2015-09-22T21:54:13-03:00
- Author: Administrador

Al pie de la Biblia abierta -donde estaba señalado en rojo el versículo que lo explicaría
todo- alineó las cartas: a su mujer, al juez, a los amigos. Después bebió el veneno
y se acostó.
 Nada. A la hora se levantó y miró el frasco. Sí, era el veneno. ¡Estaba
tan seguro! Recargó la dosis y bebió otro vaso. Se acostó de nuevo. Otra hora. No
moría. Entonces disparó su revólver contra la sien. ¿Qué broma era ésa? Alguien -¿
pero quién, cuándo?- alguien le había cambiado el veneno por agua, las balas por
cartuchos de fogueo. Disparó contra la sien las otras cuatro balas. Inútil. Cerró
la Biblia, recogió las cartas y salió del cuarto en momentos en que el dueño del
hotel, mucamos y curiosos acudían alarmados por el estruendo de los cinco estampidos.
Al llegar a su casa se encontró con su mujer envenenada y con sus cinco hijos en
el suelo, cada uno con un balazo en la sien. Tomó el cuchillo de la cocina, se desnudó
el vientre y se fue dando cuchilladas. La hoja se hundía en las carnes blandas y
luego salía limpia como del agua. Las carnes recobraban su lisitud como el agua 
después que le pescan el pez. Se derramó nafta en la ropa y los fósforos se apagaban
chirriando. Corrió hacia el balcón y antes de tirarse pudo ver en la calle el tendal
de hombres y mujeres desangrándose por los vientres acuchillados, entre las llamas
de la ciudad incendiada.
