# La cuarta noche

- Link: https://www.escribir.com.ar/2015/08/texto/la-cuarta-noche/
- Published: 2015-08-15T18:12:31-03:00
- Author: Cecilia Mirolo

Me había acostumbrado al silencio negro y musgoso del cementerio, hasta que un día
sentí un deseo atroz de comer carne, similar al que siente el gusano que devora 
noche a noche mis entrañas.
 De pronto, ese apetito frenético me otorgaba la fuerza
necesaria para salir de aquel hueco apestoso. Me puse de pie y vi a todos los muertos
emerger de sus tumbas. Éramos una legión putrefacta que se dirigía al pueblo en 
busca de comida. Mis movimientos eran lentos pero decididos. Sin proponérmelo, caminaba
rumbo a mi casa (si es que aún podía decir que me pertenecía); arrastraba el pie
derecho, unido al talón por un último filamento del tendón de Aquiles. Me paré frente
a la puerta, del otro lado el perro ladraba. Acaricié las maderas con mi mano llena
de pústulas que supuraban un líquido verdoso y hediondo. Jackson pareció reconocerme,
porque cambió los ladridos por lamentos y se marchó. Intenté entrar, pero una voz
me decía con insistencia: —¡La carne de tu esposa está prohibida! ¡La carne de tu
esposa está prohibida! De regreso a mi tumba comprobé que ya éramos miles los muertos
con vida. Supongo que yo era el único que volvía sin comer. —Siempre es difícil 
la primera vez. Sube a la capilla, te mostraré algo —me dijo de nuevo esa voz inmaterial.
Me hablaba por sobre mi hombro, que estaba cubierto con los jirones del saco negro
y la camisa celeste con los que fui enterrado. Pero cuando volteaba, no encontraba
a nadie. —Mira bien todas las tumbas —concluyó. Desde el techo de la capilla vi 
a los muertos viejos regresar a sus fosas y a los muertos recientes agruparse dentro
de la ermita para pasar el día. La noche siguiente fue distinta: los vivos, enterados
de lo que pasaba, dificultaban la cacería. Los zombis empezaban a parecerse cada
vez más a los humanos que habían sido: insolidarios y egoístas, cuando conseguían
algo que comer, no lo compartían con nadie. Caminé otra vez hasta mi casa. Me acerqué
a la puerta, mi mujer respiraba profusamente del otro lado. La imaginé acuclillada,
con la espalda apoyada en la puerta y la escopeta en su regazo, temblando. Si no
fuese porque mi nariz se caía a pedazos y mi cuerpo drenaba fetidez, hubiese podido
oler aunque sea por última vez, su perfume. Golpeé la puerta con la intención de
voltearla, pero fue inútil. —¡La carne de tu esposa está prohibida! —escuché, mientras
las lágrimas paliaban apenas la voracidad de mis dientes roñosos y puntiagudos. —
Hasta cuándo podría soportar ese tormento. Volví otra vez al cementerio sin probar
bocado. Esa noche supe que la voz venía del gurú en trance que vivía en el otro 
lado de la isla; el responsable de este lastimoso espectáculo, que no respondía 
a mis por qué. Le dije que me había dado cuenta de que no éramos todos los muertos
los regresados a la vida. Que había tumbas, las menos, en donde los difuntos estaban
en paz. —Eres muy inteligente y tienes sentimientos, te oí llorar hace un rato —
me contestó. —Es muy raro, los zombis no tienen alma ni conciencia. Porque tú las
tienes, voy a ayudarte. En la tercera noche el hambre me apretaba las tripas. Pero
como un deseo urgente, no era dolor lo que sentía. Otra vez orienté los pasos hacia
mi casa. El pueblo era lo más parecido a lo que yo imaginé que era el infierno. 
Olía a sangre, a podrido y a miedo. Ayeé la puerta de la casa abierta. Jackson era
una bolsa de pelo negra rellena de huesos, en la cocina. Me estremeció la idea de
pensar que tal vez ella hubiera sido mordida y que volvería a verla convertida en
zombi. Me odié por no haber tenido la fuerza necesaria para haber sido yo el que
la mordiera. Al menos, lo hubiese hecho con una mezcla de voracidad y de lujuria
que los otros cadáveres no tenían. Al final de cuentas, ella no podría evadir su
destino. Con la mesurada furia que me permitía mi cuerpo famélico, fui abriendo 
de a una todas las puertas de la casa. Revisé todas las habitaciones y dejé la matrimonial
al último. —¡La carne de tu esposa está prohibida!¡La carne de tu esposa está prohibida!—
repetía una y otra vez la voz del gurú. Abrí la puerta del dormitorio. Ella estaba
allí, sobre la cama, con un camisón blanco que la cubría toda, y los brazos extendidos
a los costados. La rodeaba un aura azulina y brillante, era mi princesa. Dude un
instante pero el hambre, el deseo atroz de tenerla entre mis dientes, el pensamiento
de que si no era yo, sería otro, sublimaba mis culpas. Entonces me abalancé sobre
ella, al mismo tiempo que mi escopeta de cazador se interponía entre los dos, salida
de debajo de su cuerpo inmaculado. Por suerte o desgracia, el arma falló y pude 
saciar mi inmundo apetito. Ahora, espero la cuarta noche. Siento que en esta fosa
negra y musgosa el tiempo se ha estirado más de la cuenta. Sólo el recuerdo de la
carne fresca de mi esposa entre mis dientes, acorta un poco esta angustia que me
carcome el alma. Pienso en las palabras del gurú, quizás su prohibición fue el anzuelo
que me tiró para rescatarme. Pero mientras me auto convenzo de que ya no soy un 
zombi, y que esta vez, le tocó a ella inmolarse para salvarme, siento que hasta 
que no sepa que pasó con mi mujer, no podré descansar en paz.
