# La conjura de los poderosos

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- Published: 2015-07-03T13:59:26-03:00
- Author: Cecilia Mirolo

—¡Estamos haciendo historia!
 —¿Estás seguro? —le dijo Clarisa Ordoñez a su compañero.—
Si no me creés, acordate de mí cuando veas mañana la portada del Clarín—. El senador
Francisco De Felipe, presidente de la bancada, se sentó seguro en la butaca. Había
repasado mil veces los números. No había duda, no había lugar a la menor duda: el
oficialismo no podría salirse con las suyas, no esta vez. Aunque la votación era
reñida. La senadora Ordoñez sintió un ligero escozor al oír hablar del diario de
la víspera. Ésta, iba a ser una noche de traiciones. Lo supo desde el momento en
que el senador Coria, que estaba justo detrás de ella, le había tocado el hombro
para pasarle un papel doblado en cuatro. Recién empezaban a sesionar: «Viene de 
más atrás» le había dicho con un gesto. Luego de la última chicharra y del momento
de votación, el recinto se cubrió de un silencio negro y espeso, como el de un derrame
de petróleo, pero sin que pudiera considerarse como daño ecológico: el Congreso 
ya estaba contaminado desde mucho antes. Le siguió la euforia de los senadores oficialistas
que, eyectados de sus asientos, saltaban como si estuvieran en una cancha; y las
miradas de la oposición hacia Clarisa Ordoñez, que no se animaba a alzar la vista.
De pronto, lo que amenazó con transformarse en una gresca callejera, fue impedido
por la policía federal. De Felipe, estaba fuera de sí. Asomaba el torso entre los
hombros de los dos uniformados que se lo llevaban. «¡Perra! ¡Perra traidora!», gritaba
con el puño en alto. Gracias a las cuatro puertas del recinto, la evacuación fue
rápida. Se fueron todos, menos Clarisa, que aunque hubiese querido correr hacia 
su despacho, estaba siguiendo instrucciones y, según parecía, no solo ella sabía
lo que debía hacer. Era como que la pantomima de la policía quisiese allanarle el
camino. Las voces se fueron alejando por los pasillos, haciendo más audible el rezongo
estridente de la butaca de cuero marrón, sobre la cual se hamacaba la senadora. 
Cada tanto, como dudando de lo que acababa de hacer, miraba los resultados en el
tablero electrónico: 36 votos a favor, 35 en contra, 1 abstención. Estaba segura
de que iba a ser la protagonista de la portada del diario. Esperaba que el reloj
diera las 02:00 de la madrugada para ir a su despacho. Seguramente, los que le habían
hecho torcer su voto, ya estaban enterados de todo. Pero eran tan sádicos que querían
que ella les transmitiera la noticia. Pensando en ellos, la senadora se mordió sus
labios crecidos de colágeno, que todavía conservaban resabios de mate sobre la espesa
capa del indeleble rosa pastel de Dior. Un rato antes del timbre que llamaba a votar
había corrido a su despacho, desesperada por un sorbo de infusión patriota y no 
porque dudara de lo que iba a hacer. Además, el teléfono negro descolgado sobre 
el escritorio le recordaba lo pactado. Su boca en la bombilla era como el beso de
Judas. Sentada en la banca, Clarisa pensaba en cómo haría para retornar a su pago,
al que había traicionado votando a favor de la nueva «ley de semillas», lo que equivalía
a entregar a Monsanto más de la mitad de las ya paupérrimas ganancias del campesinado.
Desde allí había surgido en el 2001, cuando el pueblo se había sublevado al grito
de «¡Que se vayan todos!». Por entonces, ella encabezaba las marchas, hastiada de
los representantes políticos y llena de arrugas de subsistencia. De pronto, alguien
se acercaba corriendo por el pasillo. Era un hombre. Podía adivinarlo al escuchar
el ruido de suelas amplias sobre el lustroso parquet. Ella sintió hormigas eléctricas
subiendo con furia por sus vértebras. Inspiró profundo y se deshizo del aire soltándolo
con bronca por la nariz. En un segundo se enderezó en la butaca y volteó su cabeza
para mirar el lugar desde donde provenían los ruidos. —Lo hicimos —dijo el secretario,
apoyado contra el marco de madera tallada a mano. En Buenos Aires, el lujo supura
por todos lados, es fácil acostumbrarse. Ella sonrió hasta donde podían sus músculos,
que parecían cansados del peso extra de su cara llena de botox. —¡¡Mierda!! — gritó
transformando su sonrisa en un rictus de tensión. Se levantó: ya era la hora. Fue
hacia la puerta desde donde su asistente la miraba sin entender. «¿No era esto lo
que ella quería?» pensaba el empleado. Ella, ya no sabía si confiar o no en el chango.
Siempre le había sido incondicional, vino con ella desde Apóstoles, provincia de
Misiones. Pasa que cuando uno se mezcla con traidores, hasta de su propio aliento
desconfía. Al pasar al lado del secretario se lo sacó de encima con un beso de «
está todo bien pero no me jodas, hasta mañana», que él supo interpretar a la perfección.
Caminó por el pasillo con paso firme, mirando hacia arriba. Cada vez que pasaba 
por allí, le gustaba admirar las molduras de yeso que unían las paredes con el techo
abovedado. Esta, no era la excepción, a pesar del momento de zozobra. En cierta 
forma, estaba tranquila: ellos, eran gente de palabra. La senadora Ordoñez entró
a su despacho. Sacó del bolsillo de su traje azul la hoja A4 que le dieron en el
recinto y la rompió. Era un montaje de la portada del diario Clarín con fecha del
día siguiente como amenaza: «MUERE EN TRÁGICO ACCIDENTE EFRAÍN SULTZ, EL ESPOSO 
DE LA SENADORA ORDOÑEZ». Se sintió ligeramente reconfortada, prefería ser traidora
a estrenar viudez. Ya habría tiempo para la venganza, que ciertamente sabría más
dulce que la infusión de Ilex paraguarensis retenida en sus labios. Levantó el teléfono
que esperaba en el brilloso escritorio de caoba con la comunicación abierta y dijo:«
Hice mi parte, exijo a mi esposo con vida», y colgó, dejando que las palabras viajen
a través de la fibra óptica, hacia un subterráneo lugar de la Casa Rosada.
