# LA PERSISTENCIA DEL VIENTO

- Link: https://www.escribir.com.ar/2015/05/cuento/la-persistencia-del-viento/
- Published: 2015-05-13T23:32:02-03:00
- Author: Germán Maretto

_Lunes al mediodía_

 

—Comencé a sentirme enfermo como nunca antes —dice el comisario Mike Deer, con un
tubo de respiración por bigote.

La periodista del _Plover News_ asiente en silencio y con ojos brillosos.

El médico le cambia el suero al policía y mira a las cámaras con cara de «ok, suficiente».

En la casa, la esposa y la hija de Mike quieren dejar de mirar el reportaje. El 
tono de cachorrito apaleado con el que habla… Nada les queda del recio Mike, aunque
se dan cuenta de que aún así podría conquistar a más de una. Y con la periodista
del pueblo parece que está dando resultado: la nota, que no debiera haber durado
más de cinco de minutos, ya pasa de los diez.

El comisario también se ha dado cuenta y no pierde la oportunidad de un tiro bien
dado.

La hija no soporta más y cambia de canal, a cualquiera. La tele queda en el meteorológico,
donde un especialista habla sobre el fin de la temporada de vientos.

La madre mira el plato donde están las chocolatadas migas de la _Happy Cake_ y sus
gotas «cósmicas».

—Gracias.

—Agradécele a Peter —contesta la hija.

Podrían sentirse aliviadas. Después de todo, su prometido asumió la culpa y les 
dijo a las autoridades que les había hecho comer el pastel de chocolate y cannabis
engañadas. Había alivio, sí, pero de otra naturaleza.

 

 

_El día anterior_

 

El domingo, Mike Deer partió con su rifle a descargar furia. Su esposa le había 
ganado la discusión y, a partir de ahora, el duro comisario tendría un punto débil:
sería padre de una porrista del equipo local.

Peter, el prometido de la hija, no tenía tal temple. Tras pensarlo, decidió pedirle
perdón con un pastel de chocolate. Si ella quería ser porrista, él no era nadie 
para impedírselo (en realidad eso le dijo ella cuando discutieron, pero él lo había
olvidado y creía que eran fruto de su iluminada conclusión tras una noche de insomnio).

Apenas unos minutos después de que Mike se fuera, conduciendo su camioneta como 
a un bólido del NASCAR, Peter tocaba el timbre con el codo, ya que con las manos
sostenía el pastel.

Después de un intercambio de «perdones» y «te entiendos», los jóvenes engulleron
en el living los primeros trozos de _Happy Cake_, como la bautizó Peter.

Unos bocados después, vieron por la ventana a la madre que volvía de la peluquería.
Se miraron y se largaron a reír a las carcajadas. La mujer, ya dentro, no necesitó
de mucho para darse cuenta de lo que ocurría. Alguna vez tuvo la edad de ellos (
y fue porrista y también «Miss Plover», algo que su hija nunca podría ser, ya que
la naturaleza tiene generosidad selectiva).

—Marihuana, ¿verdad? —les dijo sin rodeos.

Los jóvenes se miraron y lloraron de risa. Peter, sin poder mentirle, redobló la
sinceridad:

—Con marihuana sobrevuelas Plover, suegra. —Sacó un frasco medio lleno del bolsillo—.
Esto es mucho mejor: aceite de cannabis, combustible para viajes interestelares.

Ella se sirvió una porción. Plover era el lugar donde menos quería estar en ese 
momento.

Y algo del argumento cósmico quedó rondando, porque el prometido se imaginó siendo
una nave espacial ávida de entrar a nuevos mundos, y la madre un planeta ansioso
de ser descubierto hasta lo más profundo de sus entrañas.

La hija, en cambio, comenzó a sentirse un satélite al que la _Happy Cake_ le otorgaba
una enfocada y retrospectiva lucidez.

Enfocada: dejó de importarle el intercambio cósmico entre su prometido y su madre.
Atraída por un destello, fue a la cocina. Sobre la mesa, la insignia del comisario
reflejaba el ventoso brillo de la luna.

Retrospectiva: el brillo de la placa metálica la llevó a aquella tarde en la que
había ido a la comisaría a ver a su padre. En las afueras del edificio estaba aparcado
el furgón del _Plover News_. Si bien era habitual que estuviera, porque Mike Deer
era la voz oficial, la de la mano dura en los asuntos de la policía local (grescas
domésticas, asaltos a la mini tienda de la gasolinera, cacería ilegal de venados
y otros delitos pueblerinos), a ella la ocasión le resultó extraña. El caso del 
fabricante de aceite de cannabis era lo más trascendente en los últimos cincuenta
años de la historia de Plover… ¿y su acerado padre no estaba para hablar de ello?

Lucidez: al salir de la comisaría, se encontró con la periodista y con su padre.
Ella la saludó afectuosamente y le explicó que volvían de hacer una toma de exteriores.«
Le ha sentado muy bien, ¿sabes? Hay que romper el estereotipo del policía duro.»
Él sonreía nervioso, con el sol destellando en la placa de policía que llevaba en
el cinturón, cerca de la bragueta a medio subir.

«La placa», piensa la hija. Tenía mucha hambre, pero se controló. Debía cuidar las
últimas migas de lucidez que le quedaban. Comenzó a oír gemidos y gruñidos que venían
del living. Pensó en su madre y su prometido, en su padre y la zorra del micrófono.

Finalmente reconoció esos ruidos por su persistencia.

La placa brillaba en la oscuridad. La tomó. Con la punta escribió «DAD» en el pastel
y clavó la insignia. Por la ventana vio a los árboles bailar con el viento y se 
rio. Parecían los Village People.

 

 

_Lunes a la madrugada_

 

Mike Deer vuelve de cacería, orgulloso de sí mismo. Ningún viento le iba a quitar
la oportunidad de unos tiros bien dados. En la cajuela de la camioneta yace su recompensa:
un venado de los grandes.

Entra por la cocina, para no hacer ruido, y se encuentra con un cuarto de ese «pastel
feliz» de chocolate. Tiene clavada su placa de comisario y, en la cobertura hay 
unos garabatos que, luego de mirarlos un rato, distingue una palabra: «DAD».

Se ríe de la broma y mira el reloj: son pasadas las cinco de la mañana. Tarde para
dormir, temprano para trabajar. Desentierra la placa del dulce fango y se lleva 
la punta chocolatosa a la boca. La chupa y nota un dejo extraño en el sabor, pero
a la vez relajante. Y eso es justo lo que necesita.

 Cuando engulle el último bocado, baja la escalera y llega a la planta alta, donde
están los dormitorios. Sobre la cama hay una mujer incandescente y un ángel que 
flotan en el aire, abrazados.

Tratando de no despertarlos, revuelve el placar hasta que da con el uniforme. Le
cuesta ponérselo. Se siente un gigante vistiendo ropas diminutas. Siente que no 
debiera haberse comido todo el pastel. Siente unas irrefrenables ganas de bailar.
Siente que va a llorar de alegría. Y siente que se siente mujer.

Baja otro nivel de la escalera y llega al cielo. El venado pasta en la cajuela de
la camioneta. Se acerca y lo abraza, hermanado en la eternidad, hasta que un sonido
persistente le hace volver la vista en dirección a la casa. Mira la ventana del 
living. Sus postigos de madera gimen y gruñen, movidos por el viento. Le parecen
alas. Sí, eso es lo que son, y hacen viento. Todos los vientos del mundo. Sí, todos
los vientos del mundo nacen en su pequeña Plover. Se siente orgulloso de ser el 
comisario de esa pequeña ciudad, una ciudad con alas de postigos que se abren y 
cierran ruidosamente.

Camino a la comisaría, mira por el retrovisor. Ahora son tres los venados. Observa
sus caras. Las reconoce: Washington, Lincoln y Roosevelt. Y se pregunta si no son
cuatro los presidentes tallados en el Monte Rushmore. Claro. Pero ¿y el cuarto dónde
está? Ah, ahí. Respira aliviado cuando ve a Jefferson asomarse por la ventanilla
de la camioneta. ¡Y qué parecido que es a Peter, su oficial subalterno!

 

 

Tapado con una manta, para que nadie lo fotografíe en ese estado, Peter ingresa 
al comisario Deer al hospital de Plover.

Su hermano, el doctor John Deer, lo espera para practicarle un lavaje de estómago.
Se ha asegurado de que estarán a solas, para, de paso, sacarse la culpa y confesarle
que es el fabricante del aceite. Mike solo atinará a mirarlo con una lucidez a medias.

Luego vendrá la periodista del noticiero y la interminable nota a su héroe desafortunado.
Interminable también para el doctor, que aguardará el veredicto por su confesión.
Cuando la cámara corte, los hermanos volverán a quedar solos. Allí Mike le impondrá
a John un 20% de las ventas, un castigo mucho menos engorroso que arrestarlo junto
con Peter, su futuro: 1) yerno, 2) subcomisario y 3) cobrador de «protecciones» 
a los _dealers_ del aceite. Otro de sus buenos tiros al blanco. A tres… o a más:
con el ingreso extra de Peter, a su hija no le va a faltar nada. Con un solo tiro
acabará acertándole a cuatro blancos.

 

 

En su casa, y a mitad de la nota, las mujeres cambiarán al canal meteorológico, 
oirán al especialista hablar sobre el fin de la temporada de vientos y mirarán el
plato con migas de _Happy Cake_.

—Gracias —dirá la madre, que ha sacado de la basura y escondido el medio frasco 
de aceite «cósmico» que quedaba. Para el próximo viaje va a estar más preparada.
Anoche apenas pudo resistir tres bocados. Al cuarto tuvo que dejar la conversación
espacial con su futuro yerno e irse a dormir antes de quedar dando lástima en el
living.  

—Agradécele a Peter —contestará la hija, que nunca olvidará la imagen de su padre
revolviéndole el placar y bailando en su habitación con el uniforme de porrista.
Por suerte Peter estaba con ella y la abrazó antes de que gritara a garganta batiente.

Las mujeres sienten alivio, y no porque el ángel de Peter haya asumido la culpa 
de todo. Es otro alivio, en los oídos y proviene de la naturaleza: silencio. El 
viento ha cesado al fin. Los postigos de la ventana del living ya no gimen ni gruñen
con su persistente aleteo de madera. Apenas Mike salga del hospital, ellas le pedirán
que los aceite.
