# LA SILLA

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- Published: 2015-04-23T18:09:40-03:00
- Author: Cecilia Mirolo

Es un día cianótico y frío, como la piel de la muerta.
 La habitación está impecable.
Si algún día decidiera suicidarme, ese día no tendería la cama. El cadáver péndula
aún. No se resigna a la quietud de los muertos. Siempre pensé que lo malo de morir
es no saber cómo reaccionarían mis deudos. Si festejarían, si llorarían con sinceridad
o para que los vean, si mi muerte les resultaría indiferente, si ellos serían la
causa. Quizás, a esta mujer le fue otorgado un instante más después de morir y ese
movimiento oscilante no sea otra cosa que un retorcerse de bronca al escuchar las
risas tenues que traspasan las paredes. En el comedor, el Barón b. suda rencores
sobre la bandeja de plata. “Pobrecita”, me dijo el viudo cuando me vio mirar la 
botella. “Hoy hubiésemos festejado sus setenta años”, agregó. Sus lágrimas no alcanzaban
a enturbiar el brillo desafiante de su mirada. Apuesto que mi abrupta llegada interrumpió
el brindis. Me detengo frente al cadáver. –¿Me traerías una silla? –le digo a Iván,
el huérfano. Las miradas cruzadas entre él y su padre aclaran mis dudas. Los dos
salen de la habitación. El resto de la familia, Adela y Marta, siguen en el comedor.
Iván me entrega la silla, contagiada de un movimiento parkinsoniano adquirido por
el huérfano en lo que tardó en ir a buscarla. Me paro sobre ella, mis hombros quedan
justo a la altura de la coronilla de la muerta. Cada vez tengo menos dudas. Iván
va y viene del dormitorio. –¿Estás seguro que no sacaron nada de aquí? –le pregunto.
Me siento en la silla que aparté un poco del lado de la muerta y se la señalo con
la levedad de una mueca de truco. –No, no tocamos nada, ¿porqué? –me dice mientras
me ofrece bombones de licor en una bandeja de plata contagiada también de su paroxismo.–
Son todos iguales –me aclara al verme indecisa. –Por nada –le digo–, me imagino 
lo que debió de sufrir tratando de llegar al lazo. Antes de que se cierre la puerta
con Iván del otro lado, alcanzo a oír a su padre: “¿Qué te preguntó? me parece que
sospecha algo ¿Quién fue el que sacó la silla”. Mi duda se prolonga más allá de 
la elección de los bombones. ¿Tiene sentido que caratule la causa como muerte dudosa?
Mientras el chocolate se derrite en mi boca dejando escapar su frenético corazón
alcohólico, me imagino a la vieja saltando una y otra vez hasta acertar la cabeza
en el hueco de la soga o adquiriendo de repente la facultad de levitar. Y sí… es
obvio que la vieja no pudo colgarse sola, sin subirse a una silla o sin la “ayuda”
de algún familiar. Pero si pienso en hacer justicia, porque de eso se trata, tenía
bien merecido terminar así, vieja de mierda. Aunque sus familiares también merecen
pagar por lo que supongo que han hecho, no son trigo limpio. Yo siempre pensé que
la justicia depende del punto de vista, y este es un ejemplo claro. Y como la caridad
empieza por casa y sospecho que el viudo sabe que yo me estoy dando cuenta de lo
que hizo, creo que lo mejor es hacerme la boluda con todo esto. Siempre es mejor
que los vivos estén en deuda con una, especialmente si no son de buena calaña, los
muertos ya no pagan. Además, me estuve rompiendo el culo toda la semana, lo justo
para mí, es que descanse un domingo a la mañana. Ya son casi las doce y mi vieja
hoy amasa ravioles, no sería justo que la deje plantada. Ya lo decidí, esto es un
suicidio. Que en paz descanses, Mirta.
