# 29 F

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- Published: 2015-03-24T15:42:14-03:00
- Author: Cecilia Mirolo

Era un día apacible en el oxidado invierno madrileño. Las nubes bajas tornaban el
paisaje cotidiano más brillante y ceniciento, despojado de todo lo que pudiese existir
a partir de los dos metros del suelo.

A las 07:59 la agitada tranquilidad de costumbre, fue interrumpida por un rayo que
pareció rasgar el cielo y fue a dar justo en el centro de la Plaza Mayor. Era muy
extraño, casi que diría imposible, que hubiera tormenta en Madrid en esa época del
año, y más extraño aún, que cayera un rayo y eso fuera todo.

La bruma comenzó a disiparse y los transeúntes, entre los cuales me incluyo, empezamos
a culpar al cambio climático y a referirnos a ese fenómeno que nos encandiló por
un instante, como el raro caso del 29F. Porque era 29 de Febrero de 2016, el día
en que el Rey Felipe III, o mejor dicho su estatua, bajó de su marmóreo pedestal
para iniciar su camino errante imitando a su contemporáneo, el Hidalgo manchego.

A decir verdad, pasó un buen rato hasta que la gente se percató de que el monumento
ecuestre ya no estaba en su lugar. Para entonces, ya se habían viralizado las selfies
de turistas con un nuevo personaje que deambulaba por la plaza. Flaco pero macizo,
verdoso con algunas vetas en negro, que hablaba castellano antiguo y con cierta 
actitud desorientada pero que accedía gentilmente a posar para las cámaras.

A las horas pudimos reconstruir la marcha errática del monarca, gracias al análisis
de cuantiosas filmaciones. Supimos que había caminado doscientos metros hasta detenerse
frente al _Corte Inglés, _a partir de allí no se sabía más nada.

– Suponemos que las palabras CORTE e INGLÉS pudieron resultarle familiar– explicaban
los panelistas de un prestigioso programa de chimentos de la tarde, mientras toda
Madrid estaba sumida en la desesperación.

Es que, al parecer, una mujer que salía de la tienda, vestida con calzas negras 
y botas de montar, un tapado de armiño con solapas amplias y un enorme sombrero,
había desaparecido junto con este extraño personaje alrededor de las 08:15 de la
mañana, momento en el cual, alguien gritó en la plaza «¡Se robaron a Felipe!» y 
todos los hechos aislados, comenzaron a ordenarse como en un rompecabezas.

De pronto, todos lo habían visto pasar y contaban su experiencia. Pero cuando empezamos
a buscarlo, nadie lo podía localizar. Como ocurre en esos casos, los testimonios
de los presentes no coincidían en nada. Fueron horas terribles, doce en total, porque
a las 19:59 y ante la vista de todos, incluyendo curiosos, cámaras de televisión,
policías de a pie y en helicóptero, vimos caer un segundo rayo y luego, al Rey otra
vez en su pedestal.

Los medios entrevistaban a prestigiosos psicoanalistas que pretendían atribuir el
hecho a la conmoción postraumática colectiva provocada por el rayo. Pero… ¿Y las
selfies? Entonces, aparecieron los que decían que las fotos estaban trucadas. Cosa
que en algunos casos era cierta. “Todos queríamos una foto con el rey”. En consecuencia,
se empezó a dudar de todas.

Días más tarde, nos sorprendió a todos la aparición en los medios de doña Conchita
López, la señora del tapado de armiño, que se convirtió en la persona más popular
de España. La prensa, primero la buscó y luego comenzó a atacarla. No podía ser 
que narrara las horas de convivencia con el monarca como las más lujuriosas que 
haya tenido en su vida. Y menos, cuando el Rey Felipe III había pasado a la historia
como _“el piadoso”. «_Es el Síndrome de Estocolmo» aclaraban los legos.

– Yo salía del Corte Inglés con la bolsa de la compra en el brazo – comenzó diciendo
Conchita en su primera entrevista televisiva. La agitación cardíaca adquirida desde
el 29F aún podía apreciarse en sus manos temblorosas – De pronto, se paró frente
a mí un hombre verdoso – continuó.

– ¿¡Y no gritó!? – interrumpió el periodista.

 – Yo pensé que era uno de esos artistas estatua, como el del skate, ¿me entiende?
Su Majestad me dijo:…

 – ¡Quiere dejar de decirle Su Majestad!– replicó el periodista exacerbado.

– Usted también está verde, pero de envidia – contestó Conchita que, desde ese momento,
no sufrió más interrupciones. Y continuó: – Su Majestad, me dijo: «Oh, princesa,
dueña de este cautivo corazón, que tantas cuitas por vuestro amor padece». Ahí sí,
trate de zafarme “es un loco”, pensé. Pero él sujetó con su mano metálica mi muñeca,
yo recién ahí me di cuenta que era un hombre de metal, y en medio del forcejeo continuó
diciendo: «No fuya la vuestra merced, ni tema desaguisado alguno, que no atañe facerle
a ninguno, cuánto más a tan alta doncella». Logró calmarme, ningún hombre me había
tratado tan elegantemente. El Rey – continuó Conchita, cada vez más extasiada por
el recuerdo – buscaba un castillo, pero terminamos conformándonos con un cuarto 
de hotel. Allí, a poco de entrar y ver el lecho, Felipe dejó asomar, brillante, 
dorado y libre de oxido, un enorme león de bronce de entre sus piernas…

– ¡Corten! ¡corten! – Fue lo último que se oyó al aire.

Cuando se cumplió el primer aniversario, Conchita López publicó un libro “_Los cincuenta
rugidos del Rey”_

Se dijeron muchas cosas sobre estos acontecimientos. Volvieron a hablar los psicoanalistas
que atribuían la elección del monarca a las similitudes de la ropa de Conchita López
con la vestimenta del Siglo XVII. Aunque así se vestían los varones.

Lo cierto es que cada cuatro años, cada 29 de Febrero a las 07:59, centenares de
mujeres, entre las cuales me incluyo, se congregan en la Plaza Mayor vestidas con
calzas negras, botas altas y tapados de armiño esperando que caiga un rayo.
