# Lola-Lola: la mujer espejada

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- Published: 2015-01-16T00:12:18-03:00
- Author: Cecilia Mirolo

Cuando se sentó en la penúltima butaca y miró el escenario eyaculador de voluptuosidades,
su imaginación decidió el curso de las cosas.
 Sus zapatos trashumantes la llevaron
hasta allí, pero incompleta. Sólo estaba lo que de ella venía quedando, luego de
haber errado por todos lados buscando glorias antiguas. Imploraba que aunque más
no sea la memoria de las tablas vetustas de su cabaret de juventud, no la hubiesen
olvidado. El Ángel Azul tenía la puerta desvencijada, sostenida apenas por una madera
atravesada que se aferraba a los marcos podridos con la desesperación de sus garras
de clavos. Logró entrar. La luz rayaba el aire, penetrando a través de las heridas
que el cuchillo del tiempo le había asestado al cielorraso. Las cortinas lloronas
del foyer se consolaron con su presencia y aclamaron su irrupción a la sala. De 
pronto, ella estaba en el escenario, sentada al revés en una silla, con los codos
apoyados en el respaldo y ofreciendo su sexo a los alumnos del liceo y a muchos 
hombres más. Algunos, sentados sobre la escalera carnal que enmarcaba el lado izquierdo
del escenario, pasaban sus cabezas por entre los barrotes de la baranda exponiendo
sus caras cuasi orgásmicas. El aire enranciado de aquello, la asfixiaba. Y Lola-
Lola ya no vio más a sus varones devorados. Sólo su espejo asistía a la función.
Sentada en la penúltima butaca. Lola-Lola, en el escenario otra vez. Despojada de
sus fláccidas carnes envejecidas y envuelta en ese vestido perverso que marcaba 
sus curvas endiabladas de juventud. Los sones de la orquesta fantasmal, marcaban
el ritmo. Y todo volvía a ser, de a ratos, como era entonces. Su pasado la atraía.
Los ecos de los aplausos y los gritos la mantenían ahí. Ella no vivía para ser anónima.
El tiempo siguió pasando como una película, hasta que un día, la atmosfera del Ángel
Azul brilló como jamás había brillado. Es que las paredes y el techo se rendían 
impotentes a los mazazos de la demolición, dando paso a la luz que otrora le era
esquiva. Entre el polvillo blanco que sublimaba hasta el cielo en busca del lugar
de los ángeles, apareció el cadáver. tituló el diario, en la portada que hacía rato
la había dejado. Chiquito y a un costado, decía: .
