# TANGUERA

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- Published: 2014-10-01T00:27:00-03:00
- Author: Cecilia Mirolo

Eva cerró la puerta. Del otro lado quedaba el mundo, del que sólo se sentía parte
mientras bailaba tango. El resto del día, lo vivía ajena a todo, como si la demostración
de cualquier sentimiento terminara con el último chan chan.
 Sus tacos aguja ya 
dormían bajo la mesa, bien guardados en su caja de cartón. Ella, tirada en el catre,
pitaba el último faso del día y en la radio sonaba Gardel. Era una de esas noches
en que su corazón le dolía. Eva mordía sus labios y la primera lágrima rodaba en
silencio hasta el lóbulo de la oreja y de allí al cuello como una caricia. Quizás
ese mimo tibio es lo que alimenta el morboso deseo de los solitarios. Capaces de
cerrar la puerta a cualquiera para llorar solos su soledad. Eva lloraba en silencio.
Desde que se había mudado a ese cuchitril, había aprendido a hacerlo sin hacer ruido.
Así el inquilino de al lado no tiraba ningún zapato contra la pared. De chica había
soñado con ser tanguera. Y ser parte del cuerpo de baile en el Tabaris de la calle
Corrientes fue para ella como tocar el cielo. Aunque la guita sólo alcanzara para
un cuartito de conventillo y a pesar de que dedicarse a eso no era bien visto por
la sociedad. Anduvo un tiempo con un morocho de Barracas que la había dejado por
otra. Nunca se quejó. Ella sabía que su forma de ser la alejaba de cualquiera. En
realidad no sé si lo sabía, todo caso, se lo había creído después de oír tantas 
veces “por algo estará sola”, como una sentencia de los que se creen con derecho
a opinar de los demás. Cuando cesaba el llanto, Eva se abstraía mirando la mancha
mohosa que nacía en los pies de su cama y se extendía hasta el techo. Cambiaba de
color con el tiempo. Igual que la virgencita que el susodicho que la hizo cornuda,
le había traído de Mar del Plata y de la que no se había deshecho por considerarla
una especie de trofeo, ganado con mucho esfuerzo cuando dejó de lado sus pensamientos
y se dejó llevar por el placer. Duró poco, pero como Eva sufría su soledad pero 
no era ni depresiva ni pesimista, recordaba la experiencia con una sonrisa. De pronto
oyó un llanto que no era suyo y un golpe que no era el de ningún zapato contra ninguna
pared. Abrió la puerta. Sólo encontró una caja de cartón. En la radio sonaba Gardel.
Eva sacó de la caja al que desde entonces llamó Carlitos y con el niño en brazos
empezó a bailar.
