La lista del super(tiempo de lectura: 3 minutos)

Lavandina.
Detergente.
La lista es la misma de siempre, Carmen la ordenó de acuerdo a la ubicación de los productos, ella ya no viene pero cómo se acuerda. Además, me dijeron que los directivos de los supermercados no cambian de lugar las cosas, para que la gente no pierda tiempo buscando y compre más. Yo no creo que sea eso, es por sentido común nomás.
Hay poca gente pero no es casualidad, estamos cerca de fin de mes, y son las dos de la tarde, tengo el super para mí solo.
Este super es un rectángulo gigante, con góndolas hasta el techo de mercadería, una vez me imaginé que los changuitos eran botes y el lugar una especie de Venecia del consumismo, a veces se me ocurren esas pavadas. Cuando venía con Carmen me enojaba porque ella recorría todos los pasillos estudiando las estanterías a ver lo que hacía falta y llenaba el carrito con montones de cosas inútiles y por lo general caras que terminábamos tirando.
¬Bueno, lavandina, a ver. No sé porque la ponen tan abajo con lo que me cuesta agacharme. Detergente, listo.
Papas.
Tomates.
Lechuga.
La verdulería es buena aunque un poco cara, a veces me paro a mirar y tocar las cosas nuevas que hay, kiwis, cebollas coloradas… Eso sí, no las llevo, no sé si me van a gustar.
Leche.
Manteca.
Carmen dice que siempre compre las cosas frías al último para que no se pongan feas y siempre le hago caso aunque vivamos cerca, a una cuadra. En estas cosas no se equivoca nunca.

Voy buscando la caja con prioridad para nosotros, que bueno que pusieron esas cajas, aunque ahora que vengo sólo también paso por la caja rápida. En la caja agarro un Toblerone, un lujo para mi jubilación pero a Carmen le encantan, es uno de los pocos gustos que se puede dar. Que suerte que se le ocurrió comprar esta bolsa con rueditas, la lavandina está pesada.
Cómo cambió todo esto, se llenó de edificios y de gente joven. A Carmen le molesta pero a mí me gusta, este barrio era una mugre, además los pibes me ayudan con las bolsas a veces.

Bueno llegué, mi casa quedó chica al lado de los gigantones estos pero la tengo muy linda, todavía me doy maña para pintarla todos los años, el césped es la envidia de la cuadra y cuando cobro el aguinaldo le pongo unas flores al lado del caminito de la entrada. Los pibes saben sentarse a tomar cerveza en el banco de la vereda, una vez me invitaron pero el alcohol no me cae bien, igual tomé un traguito para no quedar mal.

― ¡Carmen! ¡Llegué!

El anciano dejó la bolsa con ruedas, cerró la puerta y sacó el chocolate de un bolsillo de su campera.
El living era luminoso y con pocos muebles, apenas dos sillones feos de cuero gastado y una mesita de hierro negro con un vidrio redondo.
Sobre la mesita había una foto de Carmen en un marco ancho de plata que desentonaba con el resto de la casa, al lado de la foto un vaso con agua y una rosa fresca.
Debajo de la mesa había una gran alfombra tejida con aros de arcoíris que debió tomar mucho tiempo terminar.

El anciano levantó la mesita con cuidado y la puso a un costado, corrió la alfombra dejando al descubierto una pesada tapa de alcantarilla, con su mano huesuda corrió un grueso pasador y levantó sin esfuerzo la tapa.
Aspiró el olor nauseabundo y dulzón que subía, le dio un beso a la caja de chocolate y la tiró por el hueco. El prisma de cartón amarillo pegó en la punta de la montaña de cajitas iguales y provocó un pequeño derrumbe que llegó hasta el piso húmedo del sótano y que casi tapa el zapato amarillento y el tobillo reseco como leña.

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