LOS AMANTES DE COMO(tiempo de lectura: 4 minutos)

Italia, siglo XVII.

El lago, de profundas y bellas aguas azules, no logra distraer a Renzo. El sólo piensa en Lucía, prisionera del malvado Conde Luca de Montessino. Su guardia, muy difícil de sortear, hace casi imposible un rescate. Sólo un milagro lo lograría, y el muchacho espera que ocurra.
La tragedia comenzó en la primavera de 1742 junto al lago de Como, provincia de Lombardía, cuando los jóvenes decidieron amarse.
Él, soldado al servicio del Conde, se enamoró de la bella Lucía, una de las doncellas del castillo, mujer prohibida para los guerreros.
La atracción pudo más que la prudencia y lo negado se tornó permitido. Así, los ardores del muchacho y la ceguera pasional de la joven dibujaron un camino hacia el abismo. La tórrida relación llegó a oídos del conde. Él deseaba a esa mujer y haría lo necesario para frustrar el romance.
Una tarde, cerca del pueblo de Bellagio, a orillas del lago de Como, los jóvenes fueron atrapados. En el camino al castillo Montessino, Renzo, soldado valiente y experimentado, logró escapar a pesar de la lucha sangrienta en la que se enredó con los guardias. Lucía los distrajo y él, con un rápido movimiento, robó una espada y se trabó en una pelea feroz. De los cinco hombres, logró matar a tres y cuando estuvo a punto de sucumbir, la muchacha se interpuso y él logró escapar.
El conde enfurecido puso precio a su cabeza. Sin embargo, los intentos de encontrarlo fueron vanos. Renzo, conocía las montañas como la palma de su mano y desapareció.
La condesa, al tanto de las razones que guiaron la conducta de su esposo y ciega de celos, intentó envenenar a Lucía, pero la providencial intervención del padre Genaro, confesor del conde, frustró el asesinato.
La muchacha, confinada a una torre solitaria, llora su amor contrariado y atisba el triste final que le espera si no cumple con las aviesas intenciones del conde.
La única visita posible es la del padre Genaro, un sacerdote piadoso que tiene en sus manos la solución de la terrible historia, pero que duda entre la fidelidad al conde y la muerte segura a la que llegará si ayuda a los desdichados amantes.
Arrodillado frente a la cruz, ruega a Dios para que lo ilumine y pueda tomar una decisión justa que satisfaga los intereses en juego. Toda una noche permanece esperando una señal. La del altísimo, creador del cielo y la tierra y dueño de los secretos del alma humana.
Las primeras luces del alba se insinúan entre los picos nevados y van dando forma y color a todo aquello que rodea a la Abadía de Bellagio, donde el atribulado padre intenta resolver el destino de los jóvenes amantes, condenados a la separación.
Por un lado, Renzo espera consumar ante Dios el amor que profesa; por el otro, la condesa quiere matar a Lucía y lavar su honor; y finalmente, el conde, hombre libidinoso y pérfido, busca manchar la honra de la muchacha demostrando su ilimitado poder.
« ¿Qué debo hacer?» es la pregunta que desespera al padre Genaro. Cerca del mediodía y sin señal alguna, sale a caminar por el jardín donde los monjes cultivan flores exóticas. Se sienta a la sombra de un cerezo y su vista, aunque poca, recorre extraviada una selva de formas y colores. De pronto se detiene y una breve sonrisa ilumina su rostro. Dios no lo ha abandonado.
Al amanecer del séptimo día, los gritos despiertan al conde.
-¿Qué sucede, bellacos alborotadores?
-¡Ha muerto! ¡La muchacha ha muerto! – gritan los guardias de la torre.
La bella Lucía yace inmóvil en su cama y el padre Genaro, compungido, imparte las bendiciones ante la profunda tristeza de los presentes.
Destino trágico el de la muchacha. Su muerte por envenenamiento enluta al castillo del conde Montessino. Todos la lloran, menos la condesa que disimula.
El conde, decepcionado, sospecha de su esposa. Juraría que mandó a matar a la doncella, pero nada puede hacer. Su familia es muy poderosa y cualquier acción en su contra lo perdería.
El ataúd, con su preciosa carga, es depositado en una cripta donde descansará hasta el entierro. La soledad rodea el lugar.
A la medianoche, el padre Genaro abre su tapa y espera. Los ojos de la muchacha parpadean un momento y, luego de un breve y esperanzador quejido, dan señales de vida.
-¡Por fin muchacha! Dios te ha protegido. Las flores del jardín fueron el secreto de tu salvación. Vé, Renzo te espera en las montañas.

2 Respuestas

  1. Fernando Cianciola dice:

    ¡Gracias Mabel! Un saludo.

  2. MABEL LUCHETTI dice:

    qué hermoso!!!!! Me atrapó, Fernando!

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