DESCONTROL

Manos transpiradas, aliento entrecortado. Ansiedad. Que arranque y levante de una buena vez. Que nos hagan bajar. Sofocón. No debo pensar. Pienso en todo lo que puede pasar. No quiero pensar. Quiero ir al baño. Todo cerrado, me falta el aire. Qué suerte que hay sol. Ojala que no haya tormentas en el camino. Ya quisiera estar allá. El corazón palpita más fuerte. Carreteamos. Velocidad. Leve presión en el pecho hacia atrás. Flotamos. Que no explote una turbina como le pasó a la Marga. Que no se meta un pájaro en el motor. ¿De qué se ríen las azafatas? Qué trabajo tan tortuoso. Ellas se levantan. Es buena señal. La maldita luz de los cinturones todavía prendida. ¿Qué esperan para apagarla? ¿Habrá turbulencia más adelante? Se empieza a mover. A temblar. Se sacuden las alas. ¿Cuánto pueden aguantar? No hay nubes y se mueve igual. Basta. Es la última vez que me subo. Ayudanos virgencita, Dios te salve María, llena eres de gracia…

Vanesa juntó durante dos años los euros necesarios para viajar a Europa. Soñaba con el Viejo Mundo. Había nacido en los suburbios de la sociedad y la adopción temprana de una familia de trabajadores la había salvado de crecer en un ambiente decadente. Ella conocía su procedencia y por eso cada noche agradecía de rodillas a la virgen la oportunidad que había tenido de llevar una vida digna.
Con la salida del secundario había enterrado los últimos complejos y entrado en el mundo universitario con la seguridad que las adversidades le habían forjado.
Entre trabajo y estudio, la meta de viajar se fue acercando y la ansiedad ganaba un lugar de privilegio en un corazón que soñaba.

Se sigue moviendo este puto avión. Mierda.
– Señorita, ¿qué le puedo ofrecer?- pregunta la azafata ¿Café, jugo, agua?
– …”Por que no sacas ese carro de mierda del pasillo, que me da claustrofobia. De que carajo te reís, estúpida”. Piensa. Se sigue moviendo.
– Café por favor.
– ¿El caballero? -dice fuerte la azafata, porque el caballero ronca.
-…”Cómo hace para dormirse con estos movimientos. Quiero llegar. No puedo parar el movimiento de las piernas”.
Guardo el paquete de galletas para después. No tengo hambre. Quiero llegar. Nubes, la concha de la lora…Odio no ver nada y la vieja de mierda me cierra la ventanilla. Peor. Frena. Se viene la turbulencia.Se viene. Se viene. Mareo. ¡Dios! ¡Por qué! Que se acabe por favor. No termina nunca. Ya pasa, ya pasa, es un ratito. Pasamos la tormenta y listo. ¡Guau! Cuantos metros bajamos en ese pozo. Ya está. Vamos, vamos, ya está. Que me abra la ventana. Quiero ver.Tendría que haber sacado ventanilla.

Viajar en avión no era su fuerte. Sentía la distancia, la altura, no podía dejar de pensar en eso. Y mientras mas cerca tenía el viaje, sus noches se hacían interminables. Ni bien cerraba los ojos ya imaginaba toda la adrenalina que se le venía encima. Se despertaba a la hora y volvían a su cabeza todas las experiencias vividas y escuchadas de viajes en avión. Como una semana anduvo Vanesa bostezando los miedos, entre ansiolíticos y ejercicios de respiración.
La noche anterior al viaje no durmió. La suerte estaba echada. Se comió las pocas uñas que le quedaban, enojada con ella misma y con el mundo. Y se subió.

Se me explota la vejiga, no doy más. Suerte que tengo el baño acá nomas. Me duele. Luz maldita, apagate. Ese boludo que se paró, ¿no ve la luz prendida del cinturón? Ojalá que se caiga…no, no, mentira que se asuste…no, no, ¿qué hago deseando el mal a otro porque yo no me animo a pararme? No doy mas, lo lamento. ¡Ay! No me puedo desprender el cinturón. Esta enroscado. Mierda. Ahí está. Hago pis y vuelvo rápido. ¡Qué olor a chivo que tengo! Son los nervios. ¡Me cerró la cortina esta yegua!. La abro.
-¿Señorita? Este baño corresponde a first class, los negros de mierda deben usar el baño del fondo del avión. ¿Me permite? -Cierra la cortina.

Vanesa mira para atrás. Una fila de al menos cinco personas esperan con las piernas cruzadas el turno del baño. La ira la invade. Abre la cortina pesada que la separa de la comodidad, con el puño cerrado le acierta una trompada en el medio de la nariz a la perfecta azafata. Toda despeinada cae contra la puerta de emergencia, antes se corta la cabeza con una puerta abierta donde se guarda la mercadería. El avión se sigue moviendo, ahora mas violento. La gente grita. Despeinada y desmayada en el piso, la azafata ya parece humana y su expresión suplica compasión. Vanesa se acerca enfurecida y le grita muy cerca de la cara:
– La puta madre que te parió. Conchuda. Negra de mierda serás vos.
Le escupe la cara y vuelve a su asiento. Un líquido tibio le moja la ropa y viaja lento por el pasillo. Vanesa, aliviada, llora los miedos, las angustias y las dudas.

2 Respuestas

  1. Mari describís perfecto mi miedo a volar!!! Buenísimo!!!!

  2. Cecilia Martinez Rapalo dice:

    ¿Qué me parece? : ¡Genial !. Aplausos , Marina, aplausos de pie ( y sin cinturón)

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