# LA LECTURA COMO VIAJE Y DEFINICIÓN

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- Published: 2013-09-20T01:34:09-03:00
- Author: Germán Maretto

Las autoridades de la Biblioteca Córdoba me pidieron que escribiera sobre mi visión
de la lectura y qué tipo de lecturas me formaron. Como sé que varios se van a quedar
sin el ejemplar de los Cuadernos de la Biblioteca (vuelan), publico aquí la nota:

**LA LECTURA COMO VIAJE Y DEFINICIÓN**

**Leer es viajar acompañado**

![Cuadernos de la Biblioteca Córdoba](https://www.escribir.com.ar/wp-content/uploads/
Cuadernos-de-la-Biblioteca.jpg)

Creo que leer es viajar. Cada página que pasa de anverso a reverso significa un 
paso más allá, una estación menos en el mapa de la trama, un mojón que queda atrás
en la banquina de un azaroso camino que elegimos correr, recorrer o, por qué no,
esquivar.

Cada lectura es un viaje en el que solo puedo llevarme a mí mismo como guía a/desa/
fortunado, como chofer diestro y siniestro, o como niño de aburrimiento fácil y 
equipaje, o más bien bártulo… de los incómodos.

Como guía (es bien sabido que, para señalar un camino, primero hay que conocerlo)
corro riesgos y compro libros de autores desconocidos o de autores conocidos pero
en sus facetas menos frecuentes. Así me he adentrado en la poesía de Borges, algo
que no todos conocen, y descubrí que solo una pluma acerada, enciclopédica y precisa
como la de él pudo encontrar las mejores laderas y trazar un bello camino por lo
montañoso de la poesía. También me ha tocado padecer los senderos de otros autores,
que no se bifurcaron en jardines y me dejaron en medio de tierra yerma. Como guía,
eso sí, reconozco mi escepticismo a la hora de recomendar lecturas. La búsqueda 
de un libro debería ser un hecho íntimo, lejos de todo canon o catálogo. Me ha tocado
oír charlas que se resumirían en un “si no leés a Roberto Bolaño, sos un iletrado”.
Si permutara algunas palabras, quedaría: “si no tenés un Levi’s, sos un grasa” y
ambas suenan igualmente vacías, de shopping.

Como chofer suelo conducir por los libros únicamente de ida: no me gusta hacer el
mismo camino dos veces y libro leído, libro que descansará en el estante. Podrán
dar cuenta de mi hábito desde Asimov hasta García Márquez, cuyo coronel, además 
de no tener quién le escriba, no logrará que vaya de nuevo a visitarlo. Los libros
técnicos, en cambio, deben hacerse cargo de mis repetitivas consultas.

Como niño (debo reconocer que ante un libro siempre soy como un niño), me describo
_aburridizo_. Estoy siempre en el asiento de atrás y no le tengo miedo a los viajes
de quinientas o mil páginas mientras la trama sea entretenida. Eso sí, mi paciencia
dura más o menos veinte páginas. Excedido ese fiado, el «¿falta mucho?» es instantáneo.
Incluso puede pasar que me quiera bajar a medio camino. Así fue que un verano Don
Wilton me hizo viajar calladito la boca y el Nobel Vargas Llosa agotó varias veces
el crédito.

Como equipaje de mí mismo, debo decir que soy difícil de acomodar en el maletero,
sobre todo cuando estoy sumergido en libros cuya trama hace que quiera más y más.
Ahí es cuando mi otro yo me hace pesado el viaje, recordándome cuántas obligaciones
tengo y todas mucho más importantes que la lectura. Una víctima de «mi equipaje 
de mí mismo» ha sido Dan Brown.

Leer es viajar para mí y, si bien sólo puedo llevarme a mí mismo, nunca sé cuál 
de mis yoes es el que me va a acompañar. 

**Leer: una definición que me define**

Abro el diccionario y busco una definición de la Real Academia: 

Leer: (Del lat. Legĕre). Pasar la vista por lo escrito o impreso comprendiendo la
significación de los caracteres empleados.

No hay mejor definición para lo que me ocurrió días atrás, cuando pude recuperar
mi biblioteca. En cajas, en valijas, en mochilas —y hasta en cajones de verduras—,
el caudal de libros que conservo y acreciento desde mi infancia volvió a tener residencia
en el barrio de mi biblioteca. Y en la tarea de asignarle a cada ejemplar su terreno
fui «pasando la vista por lo escrito o impreso», reencontrándome con mis libros 
amigos, mis conocidos y con títulos y autores que no recordaba haber leído. En esa“
lectura” rememoré los caídos… al menos los que mi prodigiosa capacidad de olvido
me permitió: prestados sin retorno, perdidos, estragados y por mí devueltos (a regañadientes).

En esa «lectura», en realidad no estaba haciendo otra cosa que leerme a mí mismo,«
comprender la significación» de quién he sido hasta el momento de escribir este 
artículo.

Repaso desde el principio. Mi primer contacto con la lectura fue a través de mi 
madre y sus cuentos antes de dormir. Eso duró hasta mis seis. Ahí gané independencia
y en mis primeros años de lector fui armando pilas de Billiken y Anteojito que me
acompañaban en el último trayecto del día. Algunas siestas también, pero tras una
ardua discusión con los Rastis.

En el único lugar donde leía a la siesta era en la casa de mi abuela, cuando la 
visitaba en vacaciones (y sin Rastis). Ella tenía dos colecciones que me sosegaban
de 13.30 a 16.30: _El tesoro de la juventud_ y _Robin Hood_. Algo añeja en varias
secciones, la primera tenía un cofre que siempre abría: “El Libro de las Narraciones
Interesantes”, repleto de fábulas y cuentos, casi siempre de tintes fantásticos.
De tapas amarillas, la segunda colección me hizo pelear con Sandokán,  asombrarme
con Julio Verne y conocer decenas de clásicos más, como Alicia y Gulliver.

A finales de mi primaria y toda mi secundaria me atraparon una revista llamada Muy
Interesante -de la que hasta hace poco conservaba el número uno de la edición argentina-
y la _Enciclopedia Salvat_ de tapas rojas. Mis libros de aquella época fueron de
lo más variado: El Código Civil Argentino, la colección _Elige tu propia aventura_
y autores de ciencia ficción como Ray Bradbury.

La poesía y lo latinoamericano se apropió de mi último tramo adolescente y mis _veintis_,
ya en Córdoba y usando cospeles para moverme. Entre mis libros y apuntes de marketing
se infiltraban García Marquez, Neruda, Benedetti, Tuñón. También los hubo foráneos:
Rimbaud, Baudeleire y Bukowski. Todos ellos me sirvieron, a veces de guía y a veces
de consuelo en mi producción literaria que por entonces era principalmente poética.

La publicación de mi libro de poesía, fue un antes y un después en mis lecturas 
o pasajes de vista por paisajes de vidas. 

**El lecto-escritor**

En mis _treintis_ tomé la decisión de ser escritor.

Lo bueno: cierta previsibilidad. Cuando uno dice a qué se dedica, sabe que obtendrá
dos tipos de reacciones en su interlocutor: admiración (en todos los matices) o 
desprecio (en todas las gamas).

Lo malo: dejemos de lado las deficiencias financieras (para ser un escritor con 
ingresos de salario mínimo se deben vender 500 ejemplares mensuales y para ser uno
rico como el de las películas, unos 10.000 como mínimo y por muchos años), lo malo
de ser escritor es que, además de aplanarte los cuartos traseros mientras dale que
dale al tecladito, tenés que pelarte los ojos leyendo y más de una vez con visión
técnica, quitándole bastante placer al viaje. De hecho, más que como pasajero —e
inserto un cuarto rol—, vas en un crucero por lugares paradisíacos, pero como mecánico
confinado a la sala de máquinas.

Así desarmé varias veces las novelas de Auster, Murakami y decenas de thrillers —
mucho menos literarios—, en pos de encontrar esa “pieza” que les confiere un funcionamiento
sobresaliente.

Para peor, cuando uno elige el camino de la escritura, debe buscar aquellas lecturas
que sean funcionales a las novelas que escribe, con lo que la baraja de títulos 
no da para mezclar y repartir como en Las Vegas, sino más bien con un mazo de campamento
repleto de faltantes.

En mi caso, cuando estoy escribiendo una novela (algo que comienza mucho antes de
aporrear el QWERTY noche tras noche), la mesa de luz va llenándose de libros de 
investigación y novelas afines al tema que en más de un párrafo dicen lo mismo que
yo y me amargan la existencia.

Finalmente me sobrepongo y sigo pasando páginas —no es cuestión de perderse el viaje—,
y también sigo escribiendo lo que alguna vez me propuse: esas historias que me gustaría
leer.
