Génova. 17 de mayo de 1942.(tiempo de lectura: 2 minutos)

Acá en Italia la guerra nos está mutilando a todos. Al que no le corta los brazos, le extirpa el corazón. Las mujeres son una usina de imaginación en la cocina para calmar las bocas hambrientas de su prole que espera, calla y disminuye.
Me alejo de mi cuerpo y observo este hombre que soy, avejentado por esta enfermedad en el corazón que me pone lento y azul. Enfermedad maldita, congénita y hereditaria que me tiene cautivo en ésta cárcel de libros, médicos y miedos.
Hoy vino otra vez a mi oficina Camilo Pratto, ese hombre valiente y fortachón que no se conforma con lo que en suerte le tocó. Es la décima vez que viene a verme, y no se cómo hacerle entender que no puede subir un arado al barco si quiere viajar a América.
Dice que sin eso él se siente inválido. Que no es capaz de nada. Que no importa si no puede llevar los caballos, él lo tira solo para preparar la tierra. La tierra virgen que lo espera.
Estoy pensando en algo. En algún amigo del gobernador que pueda meter esa tonelada de hierros en el barco. Estoy pensando.
Camilo se lleva a su mujer y a sus cinco hijas, a los varones se los llevó la guerra.
El dice que en un lugar lejano y desconocido lo espera la paz, que con eso alcanza.
Y yo sigo viajando con mis enviados, tratando de imaginarme una vida sin sobresaltos, sin ahogos nocturnos ni labios morados. Sin arritmia y sin miedo. Tengo que concentrarme mucho para imaginar una noche silenciosa, un cielo claro, unas manos relajadas, un cuerpo erguido, una risa lejana.
Cierro los ojos y veo a Camilo tirando su arado, con paso lento, desde el amanecer, sobre ese campo nuevo que promete florecer. Y quisiera estar ahí.
Abro los ojos y me asfixian los libros de mi biblioteca que tanto amé.
Si pudiera hundir mi alma en su cuerpo y caminar el campo y disfrutar los ríos y trabajar la tierra y acostarme agotado, con ese dolor en los músculos que recuerdo de mi escasa niñez, no dudaría un minuto en dejar toda esta carrera política que construí, los años de estudio y de lectura, los honores recibidos, el vuelo que me fueron dando los cargos; la esposa perfecta que supe conseguir, educada, criteriosa, silenciosa, bella; dejaría sin dudar a mis cuatro perfectos y obedientes hijos, que me admiran y me imitan, y son incapaces de imaginar que este padre noble y formal los cambiaría con todo su reino por un pedacito de libertad.

5 Respuestas

  1. Ada Salmasi dice:

    Un hombre encerrado en un cuerpo que desea recuperar, aunque para ello debería cambiar de vida, no está alejado de la realidad. El relato emociona

  2. mabel dice:

    Qué lindo! siempre me llamó la atención el tema de la guerra. Nunca la había pensado así, en primera persona y desde un hombre. ¿a quién se refiere el funcionario q es el protagonista? es algún antepasado tuyo? y Camilo Prato?
    Un beso,
    Mabel

    • Marina Debiasi dice:

      Gracias Mabel! No está inspirado en ningún antepasado, aunque tal vez…
      El texto nació de una consigna de Germán donde elegíamos un personaje, un lugar, un tiempo, lo intercambiábamos con nuestros compañeros y a escribir…
      Agradezco mucho tu comentario.

  3. Damián Di Carlo dice:

    Excelente relato !!! Felicitaciones !!!

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