EMPACHADOS DE CULPA

Salieron de la joyería El Dorado bajo el sol abrasador de Lima. Ricardo presionó el bulto en su axila derecha y miró con una sonrisa cómplice a su socio Edilberto. El negocio se dio con éxito. El plan lo concibieron en nueve meses de prisión.
-Richard, acá el empacho es ser ladrones de guante blanco, mi hermano.
Ricardo solo asintió con la cara. Más tarde se reía pensando que no usó palabras para aprobar el plan porque no supo encontrar la versión inglesa del nombre Edilberto. Sabían del cambio de guardias en El Dorado, y del día en que el vidrierista redecoraba el pórtico. El día del robo enmudecieron al ver el nuevo afiche de la joyería: “EL DORADO, LO QUE A LOS INCAS LES ROBARON, NOSOTROS LO TENEMOS PARA USTED”. Richard se conmocionó en su genética aimará y caminó por la inercia de la culpa y el miedo a la condena. Edilberto avanzó con el plan. Después, Chifló un taxi que los llevó a los suburbios limeños. En el viaje no hablaron. Bajaron en la esquina de un mercadito y compraron algo para almorzar. Sabían que debían comportarse con naturalidad.
Mientras Edilberto buscaba un par de botellas de zumo de chicha, Ricardo cargaba unas piezas de jamón serrano.
-Bicóvido- dijo una vieja media sorda al despachante del mercado. Para Ricardo fue un rayo de justicia que bajaba del Inti para ajusticiarlo y condenarlo. La culpa era un veneno que lo estaba intoxicando. El susto lo obligó a levantar los brazos en forma de rendición. Cuando miró a la vieja, vio al despachante envolverle una esponja en papel de almacén. Edilberto alcanzó a bajarle los brazos antes que el botín cayera al piso. Ambos se sonrieron en la torpeza, pagaron y se fueron. Ricardo moría por ganas de preguntarle a Edilberto si él sabía. Si sabía porque en Perú se les decía Bicóvidos a los ladrones de platería. Si sabía qué pasaría con ellos si los atrapaban con piezas únicas, patrimonio de la humanidad. Si sabía que ambos eran patrimonio de la culpa. No se animó a preguntar, temiendo a las respuestas.
La caminata los encontró tranquilos, especulando la reventa. Muchos ladrones de guante blanco visitaban Perú para llevarse viejas reliquias coloniales, y ellos tenían una exquisitez, empañada por sus axilas, teñida de adrenalina en una de las fugas de lo más insólita. Fueron pasando el barrio bajo. Pero la calma se les fue frente a un rebaño. Se les presentó la cara del demonio y saborearon la leche salada de su infancia llena de retos y reproches. La cabra que venía al final, delante de los pasos del pastor le clavó los ojos a Ricardo. Era sólo una cabra, de un asta quebrada y panza de ubres enormes. Pero su mirada era la reencarnación de Torquemada y lo sometió al Ricardo en una culpa sobrecogedora. Recordó aquella leyenda del padre Ruperto que les amargaba los momentos de juegos en la escuela parroquial. Ricardo, sólo recordaba el final y el color pesado de la voz del cura: “así que, ya saben pues, a los ladrones la cabra se los lleva derechito al infierno, al lado de Satanás.”
No caminaron mucho más. Estaban entrando a una zona de campos y fincas pequeñas, cuando de lejos divisaron un móvil de la jefatura de policía que venía a su encuentro.
-Richard, usted tranquilo, que no deben venir por nosotros. Nadie nos debe estar buscando por estos lares.
Edilberto dijo eso y pellizcó un pedazo de jamón para manifestar tranquilidad. Hasta masticaba con exageración. El patrullero estaba a unos veinte metros cuando Ricardo empezó a reír a carcajadas y a decir obscenidades en aimará.
-¡Fuimos nosotros! – gritó en español mientras el auto se frenaba ante ellos. El oficial que venía de copiloto bajó la ventanilla y les preguntó si habían visto una majada de cabras arreadas por un tipo con un cancán en la cabeza. Ricardo entre risas y lágrimas confesó dos cosas: que vio las cabras, en especial una, pero que no vio la cara del pastorcillo, y que habían asaltado la joyería El Dorado. Víctima del arreimiento continuó en su ataque de risa desencajada todo el viaje hasta la jefatura. Edilberto lo miraba masticando indignación y jamón serrano.
-Oiga mi Richard me puede decir usted, qué mierda le causa tanta gracia.
La respuesta desconcertó a los cuatro que iban en el patrullero:
-Que todavía no estoy seguro si su nombre en inglés es Edilbert o Adalbert.

Fredy Bustos

Con el pudor insuficiente para callarme una historia. Periodista con título, contólogo aficionado.

4 Respuestas

  1. Fredy Bustos dice:

    muchisimas gracias por los comentarios y tomarse el tiempo de leerlo. mil gracias

  2. dice:

    Sorprendida!!
    Me gustó mucho.
    Felicitaciones

  3. Muy pero muy original! Felicitaciones!!!!!!!!!!!!!!!!!! ( lo que es la culpa……no?)

  4. graciela derna bonetto dice:

    me parece GE_NI_AL !!!!!! Felicitaciones

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