# Lo que queda

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- Published: 2011-06-15T22:26:57-03:00
- Author: Germán Maretto

Lo que queda de un cigarrillo:
 una colilla arrugada y un poco más de humo en los
pulmones.

Lo que queda de una moda:
 ropa vieja en el placard y nuevas instrucciones para 
el peine.

Lo que queda de una fortuna:
 facturas, recibos, contratos y algunos lujos herrumbrados.

Lo que queda de un hombre:
 una lápida entre muchas y alguien que lo recordará.

Lo que queda de un líder/santo/genio/héroe:
 una lápida de oro (pero lápida al fin)
y una estatua acalambrada.

Lo que queda de un ser querido:
 unas cuantas fotos y un querer que vuelva.

Lo que queda de una patria:
 una bandera en un museo y su nombre en un mapa viejo.

Lo que queda de una civilización:
 escombros en terapia intensiva y su eco retratado
en un libro.

Lo que queda de una idea:
 un montón de seguidores y algunas cosas por hacer.

Lo que queda del Arte:
 un pedazo de realidad y un momento de recreación.

Lo que queda de la Belleza:
 una admirada descripción y todos aquellos que la extrañan.

Lo que queda del Tiempo:
 una vuelta más en el reloj y otra página en el libro de
Historia.

Lo que queda del Universo:
 dicen que será un átomo desintegrado o quizás un frío
pedazo de hierro.

Si quisiera generalizar;
 lo que queda de casi todo, desde un cigarrillo hasta el
mismo Universo, es lo justo y necesario para que podamos recordarlo.

Pero hay algo que no es trivial,
 porque: no fuma cigarrillos, se ríe de las modas,
no busca fortunas, está en cada hombre, desobedece a los líderes, fusiona a los 
seres queridos, no se limita en patrias, no es influido por civilizaciones, legitima
las ideas, da sentimiento al Arte, es la vida en la Belleza, sobrevive al Tiempo
y abarca al Universo.

Lo que queda del Amor;
 es aquella Vida que excede a la Muerte.

“Lo que es capaz de un poema”, pienso, mientras recuerdo una historia que comenzó
en 1998. Ese año publiqué, en Ediciones del Boulevard, “Conjuros de ciudad sin mar”,
libro donde está este poema.

Días después, un ejemplar llegaba a las manos de Moisés Zak, un ícono de la cultura
de Córdoba, quien se enamoró de este poema -y dicen las malas lenguas que lo leía
a diestra y siniestra a cuanta persona cruzara en el camino-, pero de eso me enteré
mucho tiempo después. Antes me había llamado mi editor para cursarme la invitación
de estar en su programa. “¿Yo en el programa de Moisés?”, le pregunté sin creerle
demasiado. Era mucho… y con las rodillas temblando me senté frente a él, en el estudio
de radio, con la interposición de un micrófono que usé de muralla para protegerme,
no de él, sino de mi propia vergüenza.

Hablamos de cuestiones literarias -porque de eso se trataba su programa- y, cuando
comenzó a recitar este poema al aire, casi me largo a llorar. Leído por él, hasta
parecía lindo.

Pero aquella historia, comenzada hace trece años, se cerró un 16 de noviembre de
2.009.

Días antes había sido su cumpleaños número 70. Como sorpresa, unos narradores se
lo iban a leer en la fiesta… si no fuera porque él les ganó de mano y, antes de 
que abrieran la boca, se puso de pie y se los recitó a todos los presentes.

Yo no estuve en esa fiesta y lamenté, aparte de no compartir ese momento, no poder
oír una vez más ese poema que sólo él podía embellecer y que sus hijos volvieron
a leer en el funeral, a manera de tributo (de sólo pensarlo se me pone la piel de
gallina).

Moisés, amigo, esta historia se cerró allí -provisoriamente-, pero siento que, cuando
nos volvamos a encontrar -porque esa vez sí podré estar-, me lo vas a leer como 
sólo vos sabías hacerlo.

“Lo que es capaz de un poema”, pienso, y concluyo diciéndote que, lo que queda de
vos en mi corazón, es un profundo agradecimiento por tu amistad y por la fe que 
siempre tuviste en lo que hago.
