Película taquillera

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Todo lo María Teresa escribía estaba relacionado con su vida, sobre todo con su infancia. Usaba la escritura para desarraigar tantas cosas que tenía guardadas en su memoria, recuerdos que, si no drenaba, aunque fuera gota a gota, palabra a palabra, se le pudrirían dentro.

Ya varias veces había intentado hablar con otras personas sobre esos recuerdos, de lo que sentía, de lo que había pasado; pero siempre había sido incomprendida. Como le pasó cuando intentó explicarles a sus compañeros de la secundaria que trabajaba para que, al llegar a la mayoría de edad, pudiera irse de su casa, y no tener que ver más a su padre; a lo que ellos, incrédulos, habían respondido: «¿Qué te vas a ir? Cuando llegues a los dieciocho, seguro estás cómoda ahí y te seguís quedando».

La vez que lo compartió con la preceptora de su escuela fue un momento muy emotivo: lloró, se descargó y, al menos, creyó que tendría algo de contención desde algún lugar. Pero a los pocos días, esa misma mujer le comunicó que en cinco minutos de conversación con su padre había llegado a la conclusión de que María Teresa mentía, ya que él negaba ser capaz de golpear a alguien. Al escribir, María Teresa revivió el terror que había sentido en ese instante en el que supo que su padre se había enterado de la revelación del secreto por el que tanto la había amenazado para que no contara.

¿Qué esperaba esa mujer?, ¿que su padre, lo más sonriente, aceptara su naturaleza violenta y psicópata?

Tal vez hubiera sido mejor —pensaba María Teresa— que su padre fuera menos «cuidadoso» y que alguna que otra vez le dejara un ojo negro. De ese modo sería más fácil que le creyeran.

Por eso había decidido no intentar más sentirse comprendida y compartir sus sentimientos solo con un papel. Pero tuvo que esperar hasta los dieciocho años, porque sabía que mientras viviera con «ese hombre», este no dejaría centímetro de la casa sin revisar.

Lo que más pena y a su vez bronca le daba del hecho de irse, era que también debía dejar atrás a su madre, pero nada podía hacer por la mujer que había optado por priorizar su amor por un hombre antes que por ella misma y su hija. María Teresa sabía que era su madre quien debía cuidar de ella, y no a la inversa.

Ya siendo mayor, en su trabajo le preguntaron por qué no tenía relación con él. Hizo algún cometario, sin profundizar, sobre su infancia difícil, y no solo que no la tomaron enserio, sino que la increparon porque tenía a «su padre»—ella ya no sentía que tuviera derecho a llevar ese título, no lo había ganado— con vida, y no aprovechaba para estar con él. Ahora resultaba que ella debía sentirse culpable y, al parecer, su victimario debía ser beneficiado por alguna extraña regla que imponía que el incremento de su edad fuera motivo suficiente para la absolución de los actos más viles que puede realizar un ser humano.

 

 

Pasaron los años y María Teresa escribió y siguió escribiendo; hasta que un día, sin darse cuenta, terminó el último renglón de lo que podría ser un libro.

Lo leyó y lo releyó. Lo pensó y lo repensó. Finalmente decidió intentarlo: María Teresa iba a publicar su libro.

El problema era que en él describía su infancia de manera muy detallada. Esa infancia dolorosa que tantos años se había esforzado en ocultar de la vista de quienes habían decidido no comprenderla, e inclusive juzgarla, como si su sola participación como receptora de semejantes abusos fuera motivo suficiente de vergüenza.

Entonces se le ocurrió una idea: si se inventaba un pseudónimo, podría mantener su verdadera identidad en secreto. ¡Problema resuelto! El libro, y dentro de él, su infancia, ya no serían suyos, ahora pertenecerían a «Rebecca Lopart».

El libro de «Rebecca» tuvo cierta trascendencia, pero la real difusión llegó cuando le ofrecieron llevar su historia a la pantalla grande. La fila de los cines daba vuelta a las esquinas en todas las funciones. En todos lados se comentaba la destacable interpretación del actor que le daba vida al padre-psicópata, y se rumoreaba sobre las grandes posibilidades que tenía de ser nuevamente galardonado por su versatilidad para la actuación.  

Todos los compañeros de trabajo de María Teresa la habían visto, sin saber que ella era la verdadera, y mucho menos que esa había sido su propia vida, así que hablaban de cada escena sin censuras:

«¡Cómo le pegaba a la madre!¡Qué horror!¡Arrastrándola de los pelos por toda la casa!».

«¿Qué tipo de bestia puede pegarle a un niño con un cinturón? ¿Agarrarlo del cuello, darle la cabeza contra la pared? Esos tipos tienen que estar presos».

«¿Y cómo nadie hizo nada? ¿Los vecinos? ¿La familia? ¿Todos miraban para otro lado?».

«¿Se imaginan una vida así? Todo cerrado con llave y candado: el teléfono, las puertas de toda la casa… que cuando te bañás te apaguen el calefón y te abran la puerta. Realmente debe ser enloquecedor el día a día».

«Y encima tener que vivir con la amenaza de que te van a encerrar y te van a prender fuego adentro de tu casa. ¡Un verdadero horror!».

Y así escuchaba relatar cada episodio de su infancia —que se había transformado en la película nacional más taquillera del momento— con la fascinación morbosa del que ve más realidad en una pantalla que en la historia de quien tiene al lado.

«Que irónico», pensó con rabia, y en un momento no se contuvo más, y les dijo:

—Mi papá no era muy diferente al hombre de esa película.

Todos la miraron sorprendidos, y entre medio de carcajadas se burlaron al unísono:

—¡Andá, Rebecca Lopart!

9 Respuestas

  1. Graciela Arónica dice:

    Hola Analía! Para mí le faltó un giro que al final me sorprenda más. Pero es solo mi apreciación. Es el efecto que en mí produjo al leerlo. Me dio la sensación de caminar sin lomas de burro, derechito, siguiendo una línea. ¿Se entiende? Pero no lo tomes como que está mal. Fue tu cierre y si para vos está bien…¡pues perfecto!. A mí personalmente me hubiese gustado un desenlace con algún giro que “rompa” esa línea sorprendiéndome. ¡Saludos y a continuar publicando!

  2. Jesica Chejoski dice:

    Me encantó. Simple y real. “con la fascinación morbosa del que ve más realidad en una pantalla que en la historia de quien tiene al lado” ¿Cuántos de nosotros vivimos así diariamente? Una invitación a la reflexión. Felicitaciones!

  3. Guillermo dice:

    Si el arte nos debe interpelar, este cuento lo logra plenamente. El final no necesariamente debe sorprender, aquí cae el ultimo velo de la hipocresía, la última palada de tierra para sepultar la necesidad de comprensión.
    .

  4. Liliana dice:

    Muy bueno, Analía. Felicitaciones.

  5. Graciela dice:

    Una historia dura y cruel pero real. Bien contada. El desenlace algo lineal.

    • Analia dice:

      Gracias por tu comentario. Te consulto algo, ya que he visto en otros cuentos el mismo comentario sobre final lineal… que significaría el término? Sería que es esperable? Gracias!

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