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HISTORIA DE UN REFRÁN

“Al que madruga, Dios lo ayuda”
Es uno de los refranes más utilizado, pero pocos conocen su origen.
En la época de la Colonia, Don Francisco Balmaceda, inmigrante español y comerciante, no encontraba un lugar para instalar su mercado. Muy temprano una mañana, se dirigió al pueblo en su afán, y encontró a un niño que estaba dando gritos en medio de la calle para vender bollos hechos por su madre. Decidido a conversar con él, detuvo sus pasos y le preguntó:
– ¿Cómo es que vendes tus bollos en la calle y no en un mercado?
El niño le respondió:
– Es que no tengo dónde ofrecerlos que no sea aquí. Además, si mi padre se enterara de que lo hago se enojaría mucho conmigo y con mi madre.
– ¿Y eso por qué? –preguntó Don Francisco.
– Porque debería estar yendo a la escuela y no aquí, vendiendo. Pero mi mamá me dijo que lo hiciera para juntar dinero para la comida, porque nos falta. Vengo todos los días al amanecer y, cuando logro venderlos rápidamente, llego a tiempo a la escuela.
Don Francisco se compadeció del niño, y le dijo:
– Yo te los compraré a todos, así que dámelos y vete pronto.
El niño miró al cielo mientras recibía las monedas, que apenas le cabían en sus dos manos juntadas en cuenco. Luego salió a paso presuroso. Pero al llegar a la esquina, se detuvo a espiar a su benefactor.
Aquél, ahora ofrecía sus bollos junto con el resto de la mercancía.
Entonces, Domingo Faustino, tal como se llamaba, pensó que todas las mañanas podría hacer lo mismo y así solventar la economía del hogar. Miró hacia arriba y pensó: “al que madruga, Dios lo ayuda”; y contento, reemprendió la caminata hacia la escuela.

Gustavo Arias, corregido y mejorado por Germán Maretto.

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